Lata Pararã

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La noche en que Tygers le mordió la yugular al lunes

                                                                    

(apuntes naif sobre el concierto de Tyger Of Pan Tang en Paraguay)

Por: Geté 

PH : Dani Vera

Nadie en su sano juicio debería estar metido un lunes de noche en Absoluto Rock Bar, con la garganta áspera, el hígado negociando cláusulas de supervivencia y una leyenda de la New Wave of British Heavy Metal a punto de salir al escenario. Pero el metal, por suerte, nunca fue territorio de la gente demasiado razonable. Así que ahí estábamos unas trescientas almas vestidas de negro, algunas todavía jóvenes, otras con orgullosas canas metaleras, todas reunidas para comprobar si Tygers of Pan Tang seguía teniendo dientes, garras y ese viejo rugido británico que, en los años ochenta, ayudó a ensanchar el mapa del heavy metal.

Y bastaron los primeros minutos para comprobarlo.

La jornada había empezado temprano. A las 18:15 subió Jolly Roger con su heavy/speed metal de espíritu clásico, filoso y pirata. La banda tiene una marcada identidad con riffs épicos y veloces, imaginario de aventura y una energía que parece salida de una taberna incendiada por corsarios con camperas de cuero. Excelente apertura para una noche que necesitaba levantar temperatura desde temprano, antes de que el lunes se acordara de que era lunes.

Después vino Furious Dogs, a las 19:00, con su heavy metal/hard rock directo, de riff pesado y actitud frontal. No es una banda para andar descifrando con lupa académica porque entra, golpea, sacude y deja claro que el rock and roll huele a amplificador caliente, cerveza derramada y calle. Su lugar en la grilla funcionó demasiado bien por el empuje rockero que le metieron. Es como cuando entrás a un bar y todos creen que estás medio kaigue y pire vai, y de repente empezás a hacer volar las mesas y tumbar puertas pe añamemby.

A las 19:55 apareció Evil Force, y ahí la cosa cambió de densidad. El thrash metal old school de ellos subió de golpe la temperatura. Otra violencia, otra manera de mirar al público. Evil Force desde el inicio ya anunció que no vino a adornar la noche nomás como invitado, vino a darnos un feroz tovajepete y a revolver todo lo que encontraba a su paso. Con temas como “Hedonism Rising”, “Chaotic Sounds of Destruction”, “Banging on the Pentagram”, “Spitting Rage”, “Unleash Your Fury” y “Enigma of the Absolute”, la banda descargó esa mezcla de velocidad, agresividad y espíritu underground que la mantiene como una presencia fuerte dentro del metal paraguayo. Evil Force suena a sótano, a distorsión, a ese esmeril que raspa un hierro hasta moldearlo a su antojo. A partir de ahí, todos los cuellos pasaron por alineación y balanceo, preparados para doblar la próxima esquina del apocalipsis.

Luego, a las 20:55, subió Riding, desde México. ¡Qué banda espectacular!. Llegó con su heavy metal tradicional de raíz hard rockera. Uriel Aguilar, David Sandoval, Alejandro Escobar y Kevin Sandoval trajeron una propuesta más melódica, con riffs de acero, aire ochentero y una actitud de escenario de la gran siete. Riding trajo desde México una lectura propia del heavy tradicional. Guitarras líderes, melodía clara, voz limpia y una estética clásica asumida con seriedad, sin necesidad de sobreactuar la pose. No buscó competir con la agresividad de Evil Force ni adelantar el impacto de Tygers of Pan Tang. Ocupó un lugar propio, más melódico y hard rockero, y amplió el registro sonoro de la noche antes del desembarco británico.

A las 22:00, finalmente, Tygers of Pan Tang salió a escena. Y antes de que sonara el primer golpe, Craig Ellis hizo una reverencia. Fue un gesto breve, pero revelador. No era una pose vacía ni un truco de cortesía. Era como decir: “Sabemos dónde estamos, sabemos lo que significa esta noche, y vamos a tocar como corresponde”. En tiempos en que muchas bandas históricas llegan a Sudamérica con piloto automático, esa reverencia valió como declaración de principios y respeto total al público.

La formación que pisó Paraguay estuvo integrada por Robb Weir en guitarra y coros, Jacopo “Jack” Meille en voz principal, John Foottit en guitarra, Huw Holding en bajo y Craig Ellis en batería, percusión y coros. Robb Weir, fundador y columna vertebral histórica del grupo, no se limitó a ocupar el lugar del veterano ilustre. Todo lo contrario, sostuvo la noche con oficio, temple y una presencia que no necesitaba gritar para imponerse.

 

El arranque con “Euthanasia” fue una patada de época. Ese tema tiene la crudeza inicial de la NWOBHM, una energía casi callejera, sin maquillaje. Después vino “Gangland”, que confirmó que el sonido estaba firme y que la banda no había venido a administrar nostalgia, sino a soltar al Jaguarete en medio de la sala y ver quién salía ileso.Entre “Keeping Me Alive”, “Back for Good” y “Take It”, el show empezó a mostrar el equilibrio de la banda actual, es decir, respeto por la historia, pero con producción, cuerpo y músculo contemporáneo.

Jack Meille fue uno de los grandes responsables de que la noche no se convirtiera en una simple postal ochentera. El tipo manejó los registros vocales con una soltura impresionante. Subía, bajaba, apretaba, soltaba, jugaba con el público, sonreía y volvía a meter presión cuando la canción lo exigía. En síntesis, opurahéi la tipo. En un momento lanzó una frase que ya debería quedar archivada en la memoria metalera local. “No recuerdo haber rockeado tanto un lunes”. Y tenía razón. Lo que estaba pasando era medio absurdo. Un lunes, Asunción, trescientas personas, mosh pit, cuernos por doquier, coros, bangueos poderosos y una banda británica tocando como si estuviera cerrando el Wacken.Los murmullos, si acaso pudieran “verse” entre tanto ruido, dibujaban una comparación inevitable con Robert Plant. El parecido está ahí, flotando en la melena, en ciertos gestos, en la forma de plantarse frente al micrófono. Y no parece casual que también sea la voz principal de NORGE, banda italiana de tributo a Led Zeppelin.

La sexta canción fue “Electrifyed”, y fue uno de los momentos fuertes del concierto. Riff afilado, pulso moderno y una energía que conectó la etapa reciente de la banda con su vieja escuela. Ahí quedó claro que Tygers of Pan Tang no vino solamente a desempolvar glorias antiguas, sino a probar que todavía tiene corriente propia, con canciones nuevas capaces de pisar fuerte el mismo escenario que los clásicos.

Robb Weir fue uno de los grandes protagonistas de la noche. Su forma de tocar llenó todos los espacios posibles con solos, arreglos, respuestas melódicas, fraseos y pequeños detalles que mantuvieron la tensión musical en alto. No dejó lugar a especulaciones ni vacíos. Cada intervención pareció estar pensada para fortalecer la canción, no para exhibirse de manera gratuita. Esa es una diferencia importante, porque no todo virtuosismo entiende cuándo debe ponerse al servicio del repertorio. Weir sí lo entiende y por eso su talento es superior. En varios pasajes del concierto, además, recurrió al Talk Box, ese dispositivo clásico que permite modular el sonido de la guitarra con la boca y lograr ese efecto de guitarra que parece hablar. No era un sintetizador vocal ni un adorno tecnológico puesto porque sí, sino un recurso utilizado con criterio, de esos que hacen que uno sonría como criatura cuando descubre que la guitarra también puede tener lengua.

“Only the Brave” levantó el costado hímnico de la banda. “Paris by Air” abrió la faceta más melódica, casi AOR, elegante, radial, pero sin perder carácter. Y “White Lines” fue otro momento destacable, especialmente por los coros del baterista. Craig Ellis no solo marcaba el pulso. Participaba, empujaba, respondía. Esa fue una de las cosas que más impresionó de Tygers. Sonaban como una familia escénica. No familia en el sentido de postal dominguera con asado, mandioca y sopa paraguaya, sino en el sentido de unidad real hecha de miradas, entradas, apoyos, sonrisas, complicidad y precisión. Nadie estaba flotando solo por ahi. Todos estaban adentro de la misma maquinaria.

John Foottit, por su parte, se encargó de buena parte de los solos con una precisión admirable, en perfecta sincronía con Robb Weir. No parecía haber dos guitarras compitiendo por el centro de la escena, sino una sola arquitectura eléctrica repartida en dos cuerpos.Solos, arreglos, fraseos y respuestas aparecían donde debían aparecer. Nada sobraba, nada faltaba.

Con “Slave to Freedom”, “Love Potion No. 9”, “Hellbound”, “Love Don’t Stay” y “Suzie Smiled”, la banda terminó de sacar todas sus garras. Hubo crudeza, melodía, veneno rock and roll y oficio de vieja fiera. Nada sonó suelto. Todo pertenecía a un mismo rugido.

 

Mientras tanto, la fauna local hacía su propio concierto paralelo. Cerca de la barra me encontré con David, de Cool Bar, y Ariel Aguilera. Con David veníamos ya practicando desde hace tiempo esa peligrosa disciplina de tomar Michelob Ultra sin gluten como estrategia de supervivencia hepática y, sobre todo, como trampa psicológica. Uno pues cree gua´u que así está siendo más responsable con la bebida. Bolapa. Cuando empezó Tygers ya habíamos pasado la docena, y el otro tema de fondo era que ese lunes ya estábamos en el quinto día consecutivo de beber. El día anterior en Luque, en el NOSFEST homenaje al querido Ferky, ya habíamos bebido como si el lunes fuera un rumor difuso y lejano.

Encontré a casi todo el staff de Lata Pararã. Teti me vio y apareció con su Pilsen como Lucifer con credencial de barra libre. Me ofreció un sorbo grande, casi bautismal, y yo caí sin resistencia. Ahí entendí que estaba mezclando todo otra vez y un lunes, para peor. Pero hay malas costumbres que se adquieren cuando uno se sumerge en las entrañas de una noche insondable. Dani, mi colega investigador, intentaba validar hipótesis en condiciones metodológicamente impresentables, mientras sacaba fotos y videos sentado en la barra. José Calderón estaba en un costado sorbiendo parsimoniosamente su Pilsen, como si evaluara el derrumbe moral de Occidente desde una esquina privilegiada.

El local estuvo de diez. Buena atención en la barra, cerveza a temperatura correcta y música precisa en los intermedios, con Lilo manejando los hilos como DJ.

También corresponde decirlo antes de que la resaca borre los nombres del pizarrón moral de la madrugada. Una noche así no aparece por generación espontánea ni por invocación satánica entre humo y distorsión. Detrás estuvo la productora A Headbanger Journey, moviendo las piezas para que una leyenda británica de la NWOBHM, una banda mexicana y parte importante del metal paraguayo compartieran escenario en Asunción. Traer a Tygers of Pan Tang un lunes y hacer que Absoluto rugiera de esa manera merece reconocimiento.

 

Por ahí se me apareció de repente, como de entre una espesa niebla londinense, la figura de Francis, de Power Drive. Venía con una de esas verdades que no se improvisan en la barra, sino que se juntan con años de calle, vinilos, fanzines, conciertos y conversaciones interminables. Ese arandu ka’aty del metal, ganado a pulso entre bares y escenarios, aparecía en cada frase con la seguridad de quien habla desde la experiencia.

Francis me habló de un posible cuatrinomio británico formado por Iron Maiden, Saxon, Def Leppard y Tygers of Pan Tang. La idea tiene fuerza. Tygers no llegó a la maquinaria industrial de los otros, pero tal vez por eso conserva una nobleza distinta, una fidelidad más áspera, más de culto. Y cuando una banda de culto toca así, con precisión, alegría y hambre escénica, uno entiende que la historia del metal no se mide solo en estadios ni en ventas.

Después del concierto vinieron las fotos de rigor con algunos músicos, y luego la evaluación reglamentaria en la barra. Hablamos de Tygers, de la NWOBHM, de las bandas nacionales, de arte, filosofía, Dalí, Picasso, Toulouse-Lautrec, el alma, la moral y la ética. Temas que, por alguna razón, aparecen cuando la noche ya no tiene bordes precisos, el tiempo no tiene horizonte visible y la cerveza va y viene como un torrente sin aduana.

A eso de las 4:30, antes de perder completamente la señal, se acercaron unos personajes con tono mexicano. Eran los músicos de Riding, recién iniciando su propia noche de “peda”. Se escuchó un “qué onda, carnal”. Pero en algún rincón de mi inconsciente apareció una alarma guaraní. “Cheko’ẽmbáta ko’ápe”. Y mi intención, al menos la parte que todavía podía formular intenciones, era amanecer en mi rancho de Luque y no en las profundidades de la noche asuncena. Me despedí con un ademán apenas inteligible, subí a un Bolt y me perdí en los brazos de Morfeo hasta que el chofer me despertó con un seco y misericordioso “ya llegamos”.

Al amanecer, y después de rebobinar mentalmente el casete con treinta litros de tereré pantano y yerón intravenoso circulando por el sistema, volvió la escena final. El escenario todavía caliente, el público eufórico, la banda exhausta por haberlo dejado todo y esa alegría difícil de explicar de quien sabe que acaba de formar parte de algo poderoso.

Tygers of Pan Tang no vino a Paraguay a vivir de la nostalgia ni a cobrar intereses por una gloria antigua. Vino a demostrar que el heavy metal clásico todavía puede sonar vivo, preciso, elegante, feroz y profundamente humano. En un lunes que parecía condenado a la rutina, ante un público que respondió con garganta, cuello y corazón, la banda dio una lección de oficio, entrega y camaradería.

No fue solo un concierto. Fue una prueba de supervivencia sonora, la sudorosa evidencia de que algunas viejas fieras todavía pueden morderle la yugular a un lunes y salir caminando como si nada, con las garras limpias, el amplificador humeando y la noche rendida a sus pies.

 

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Momia. Stoner Metal desde las Pirámides.

Rey Leproso es el primer single de Momia fue grabado entre el 2025 y 2026 y fue producido, mezclado y masterizado por Gabo Murphy.


Momia busca mantener el sonido clásico del Stoner Metal guitarras, gibson, amplis marshall, orange, bajos fender teclas estilo órgano y coros todo para lograr ese sonido clásico. Momia esta terminando de producir su primer disco.

La banda fue formada por Pablo Lopez Baruja (Voz) (Ex Mano de Gloria) y Gabo Murphy (Guitarra, Coros) (Black fire) en el 2025 a lo que se sumaron Oni Paez (Bajo) (Ex Mano de Gloria), Mabe Bongiovi (Teclados, Coros)( Black FIre), Jose Martinez (Bateria) (Ex SuperCaos).

Momia tiene el 11 de junio su primer concierto en la otra bar también esta terminando de grabar su primer álbum y grabando un video. Quiere  impactar desde el primer momento pisar fuerte de entrada como banda

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Dream Theater llevó demasiados músicos al puerto

Dream Theater llevó demasiados músicos al puerto

(Apuntes desordenados sobre metal progresivo frente al río Paraguay)

Por: Geté

 

 I. Fiebre antes del ruido

La tos venía con eco.

No era una tos cualquiera. Era de esas que parecen ensayar dentro del pecho, probando acústica en los pulmones como un sonidista desesperado antes de un festival. Bronquitis. Fiebre leve. Garganta destruida. Un estado físico incompatible con cualquier actividad racional, mucho más con tres horas de Dream Theater frente al río Paraguay.

Pero la racionalidad hacía rato que ya no formaba parte de esta decisión.

El problema era que la vida seguía ocurriendo igual.

Clases que preparar. Trabajos que corregir. Tesis que revisar. Lengua castellana, metodología,  proyectos. Explicar estructuras textuales mientras el cuerpo parecía redactado por Kafka después de una guardia médica en Luque.

Y en medio de eso, la vida doméstica. Llevar a Ára y Helena a sus actividades, controlar tareas, resolver pequeños incendios cotidianos, intentar conversar normalmente mientras la fiebre iba y venía como un bajista progresivo cambiando de compás sin avisar.

Sanie había viajado por trabajo y acordamos dejar a las niñas con los abuelos antes del concierto.  Yo apenas orbitaba alrededor del sistema intentando no colapsar.

Porque el concierto ya estaba ahí.No como evento sino como presencia real.

Una especie de ruido de fondo constante que aparecía incluso en momentos absurdos. Corrigiendo trabajos prácticos, por ejemplo, mientras un alumno confundía cohesión con coherencia y en mi cabeza sonaba automáticamente “Pull Me Under” como si John Petrucci hubiera decidido musicalizar la decadencia del sistema educativo paraguayo.

Y eso era lo peor. La música ya no me funcionaba como entretenimiento.Nunca lo hizo realmente.

Dream Theater operaba más bien como esas novelas excesivas que uno lee sabiendo que le van a desordenar algo internamente. Algo entre Borges, Roa Bastos y un ataque de ansiedad perfectamente ejecutado sobre una métrica imposible.

Había noches en que ciertas estructuras de la banda me hacían pensar en “Yo, el Supremo”. No por la dictadura, sino por la arquitectura mental, como voces internas discutiendo entre sí, ideas que se bifurcan, frases que parecen pelear por el control del relato. Como si algunas canciones estuvieran escritas por un filósofo paranoico encerrado con metrónomos defectuosos y amplificadores Mesa Boogie.

Y mientras más pensaba en eso, más ridículo resultaba intentar actuar como una persona normal.Porque afuera seguía el mundo cotidiano (clases, reuniones, oficina, mensajes pendientes) pero adentro ya había empezado otra cosa.Una especie de preparación involuntaria.

Como si el cerebro hubiera entrado lentamente en otro estado.

La tos seguía.

El cansancio también.

Pero debajo de todo eso había una ansiedad vieja, acumulada desde finales de los noventa, latiendo como una máquina escondida.

Y yo ya sabía que no había forma razonable de detenerla.

II.  La religión “drintiteriana”

Descubrí hace tiempo que hay bandas que uno escucha… y otras que reorganizan la manera en que uno entiende la música, el tiempo y hasta la paciencia humana.

Dream Theater pertenecía claramente al segundo grupo.

El culpable principal fue Richie Vidaurre, que en algún momento entre 1997 y 1998 empezó a evangelizarnos con un VHS gastado del concierto en Tokio de la gira de Images and Words. Richie no recomendaba discos; Richie operaba como miembro de una secta progresiva clandestina. Caía con el cassette debajo del brazo y esa mirada peligrosa de quien sabe que está a punto de arruinarte definitivamente la relación con la música convencional.

Y tenía razón.

Nos juntábamos a mirar ese VHS como si fuera material prohibido. Rebobinábamos partes específicas para intentar entender qué demonios estaba haciendo Mike Portnoy, por qué Petrucci parecía tocar seis guitarras simultáneamente o cómo una canción podía cambiar tantas veces de dirección sin desarmarse por completo.

No había estructuras cómodas. Salvo “Pull Me Under”, claro. Uf… Ese coro, “Pull me under, I’m not afraid”, se quedó alojado en mi cabeza durante casi treinta años como un inquilino ilegal. A veces, cuando menos uno lo espera, aparece solo, sin contexto, en momentos completamente inadecuados. Revisando un artículo, corrigiendo exámenes, comprando pan en la despensa, explicando conectores textuales.

Pero fuera de ese ancla relativamente accesible, lo demás era otra cosa.

Las canciones parecían desmontadas sobre una mesa quirúrgica y vueltas a ensamblar bajo leyes nuevas. Todo estaba al borde del colapso y, sin embargo, funcionaba. Ahí entendí que lo progresivo no era tocar mucho ni tocar rápido sino construir estructuras tan complejas que parecían caos para cualquiera que entrara tarde a la conversación.

Años después aparecióHugo “Halford” Peralta, otro responsable de profundizar el problema.

Hugo era más directo. Menos sacerdote, más traficante.

—Escuchá esto, viejo. Te va a hacer volar la cabeza —dijo.

Y me pasó una copia de “Six Degrees of Inner Turbulence”.

Todavía recuerdo el impacto físico de esos riffs. No sonaban humanos. Sonaban como si alguien hubiera interceptado transmisiones musicales de otra galaxia y decidido ecualizarlas en Paraguay. Me quedé paralizado. No metafóricamente. Literalmente quieto, procesando qué clase de enfermedad mental colectiva había llevado a cinco personas a construir algo así.

En paralelo, también se estaba armando Querubes, nuestro intento bastante optimista de acercarnos a ese universo. Helloween, Maiden, Angra… todo eso estaba ahí, pero Dream Theater había contaminado definitivamente la percepción de lo posible.

Ensayábamos obsesivamente. Discutíamos arreglos que probablemente nadie iba a notar. Intentábamos entender cómo construir canciones que respiraran distinto. Y en esas sesiones eternas también estaba Beto Barrios, entonces baterista de Querubes y hoy integrante de Tierra Adentro, sobreviviendo junto a nosotros aquellas maratones del VHS de Tokio como si fueran estudios teológicos.

Con el tiempo entendí que en Paraguay siempre existió una pequeña conspiración progresiva funcionando bajo la superficie. Si acaso el heavy metal en Paraguay, y creo que en toda América Latina, es underground, creo que el rock y el metal progresivo está más abajo que ese submundo.

Pensé mucho en eso durante el concierto.

En cómo esa necesidad extraña de complejidad ya aparecía décadas atrás en Pro Rock Ensamble y su disco Música para los perros, intentando hacer jazz rock sofisticado en un país que todavía estaba tratando de decidir qué hacer con las guitarras eléctricas. Pensé en esa línea invisible que conecta a esos pioneros con los VHS pirateados de Dream Theater, con bandas under ensayando frente a ventiladores moribundos, y con proyectos actuales como Nemesiz, donde Martín Fretes y Omar Valdez siguen sosteniendo la noble y completamente irracional idea de hacer metal progresivo en Paraguay.

Porque se necesita una fe bastante particular para insistir con eso.

Y quizá por eso el concierto no se sentía como una visita internacional más.

Se sentía como el punto de encuentro de una enfermedad compartida desde hace décadas.

 

III. Ceremonias mínimas

El día del concierto transcurrió con esa falsa normalidad que tienen las jornadas importantes. Afuera todo seguía funcionando igual (tránsito, calor, mensajes, horarios…) pero internamente ya había otra cosa avanzando, una especie de electricidad silenciosa que hacía imposible concentrarse del todo en actividades humanas básicas.

Llevé a las chicas al Centro Paraguayo Japonés y aproveché para cruzar hasta la barbería de Sergio “Checho” Agüero, ahí sobre Domingo Portillo.

La barbería de Checho funciona técnicamente como barbería, pero en la práctica es más bien un centro de investigación informal sobre música, fútbol, conspiraciones zoológicas y decadencia cultural contemporánea.

Entré.

Checho levantó la vista apenas.

—Hoy es el día, papaaa —dijo.

Asentí como quien confirma una operación quirúrgica delicada.

Me senté igual, aunque hace años que ya no tengo suficiente pelo como para justificar mis visitas frecuentes. Pero uno no va ahí por estética. Va por conversación. O por algo parecido.

Ese día, por ejemplo, estuvimos discutiendo durante varios minutos la existencia de las termitas escarlata del Chaco boreal, las hormigas espectrales del Pantanal profundo y unos escarabajos negros de una selva atlántica relicta que probablemente solo existen bajo determinados niveles de inspiración botánica no reconocidos oficialmente por la ciencia occidental.

Todo dicho con absoluta seriedad.

Y honestamente, en ciertos momentos, las teorías de Checho sobre insectos parecían bastante más coherentes que algunas reformas educativas recientes.

Cada tanto la conversación volvía al rock. A Querubes. Al campeonato del 53 del Sportivo Luqueño, tema que en Luque opera prácticamente como texto sagrado. Después otra vez a los insectos. Después a Dream Theater.

Ahí sí aparecía un pequeño silencio.

Porque había cosas que no necesitaban demasiada explicación.

—Man, vamos a ir temprano hina para hacer la previa —dijo Checho mientras acomodaba una máquina de cortar pelo que jamás terminó usando conmigo—. Hay que llegar bien.

Lo dijo acompañado de un guiño.

Ese pequeño gesto conspirativo que automáticamente me hizo pensar que él ya estaba psicológicamente instalado en el concierto desde hacía semanas. Posiblemente meses.

Me despedí. Recogí a las niñas del CPJ, las llevé a la casa de los abuelos y fui a casa a darme una ducha y volver.

La tos seguía ahí, aunque menos agresiva. Como si el cuerpo también hubiera entendido que ya no tenía sentido oponerse demasiado.

Abrí el ropero.

La remera negra con el “Majesty Symbol” apareció doblada como una reliquia menor del progresivo mundial. Ese símbolo siempre me produjo algo curioso, porque parece diseñado por alguien que leyó demasiada filosofía medieval y después decidió fundar una banda de metal.

Me la puse.

Y automáticamente sentí que el proceso ya estaba oficialmente activado.

A las 19:15 pasé por lo de Checho y pedimos un Bolt. El chofer nos miró por el retrovisor con esa mezcla de resignación y sospecha que suelen generar dos tipos vestidos de negro un martes por la noche.

Durante el trayecto casi no hablamos.

Asunción iba pasando por la ventana mientras empezaban a aparecer pequeños grupos con remeras de bandas, como señales de tránsito progresivas distribuidas por la ciudad.

Paramos en una estación de servicio.

Checho volvió con cervezas.

—Tomá —dijo.

Me negué.

—Estoy nio todavía medio fundido de la garganta.

No insistió. Al menos no verbalmente.

Minutos después, ya de vuelta en movimiento, me dejó la birra sobre las piernas.

—Tomá sique, boludo.

La frase tenía la contundencia filosófica de un aforismo estoico.

La abrí más adelante, caminando ya hacia la entrada del puerto, cuando sentí que el cuerpo estaba suficientemente caliente como para negociar una tregua temporal con la bronquitis.

Primer trago.

Y ahí entendí algo importante.

Ya no había retorno posible.

IV. La previa en el puerto

El Puerto de Asunción tenía esa noche un aire extraño, como si el río hubiera decidido participar también del concierto.

La brisa refrescaba lo justo. Nada dramático, pero suficiente para cortar un poco el calor acumulado del día y darle al ambiente una textura distinta. Caminábamos hacia la entrada entre grupos de gente vestidos de negro mientras el olor a comida callejera dominaba completamente el paisaje.

Y qué olor.

Lomitos, hamburguesas, panchos, carne chisporroteando sobre planchas agotadas por años de servicio público. El humo se mezclaba con el aire húmedo del río y producía una atmósfera bastante particular, algo entre festival internacional de metal progresivo y feria patronal gastronómica del bajo Asunción.

La gente ya estaba entrando en estado de concierto.

No completamente adentro todavía, pero tampoco afuera. Esa zona mental intermedia donde las conversaciones se vuelven más rápidas, las cervezas aparecen con mayor frecuencia y cualquier discusión sobre bandas termina adquiriendo tono filosófico.

Escuché pasar fragmentos de debates absurdamente específicos.

—No, pero la mejor etapa de Marillion era con Fish…

—Rush inventó todo esto…

—El problema del progresivo moderno es que nadie entiende el silencio…

Parecía un congreso internacional de personas incapaces de escuchar música normalmente.

Checho observaba los puestos como un explorador antropológico.

Había cerveza por todos lados. Algunas claramente experimentales. Otras probablemente ilegales en varios continentes. Por un momento pensé que íbamos a quedarnos ahí directamente, absorbidos por la previa.

Pero apareció la ansiedad.

Ese miedo irracional a perder aunque sea treinta segundos del inicio.

—Vamos a entrar —dije.

Asintió.

Seguimos caminando mientras el olor a comida seguía persiguiéndonos hasta el control de acceso. Ahí el paisaje cambió.

Afuera era caos funcional.

Adentro ya había estructura.

Puestos más organizados, iluminación más calculada, marcas visibles, filas intentando parecer civilizadas. Ahí aparecía un toldito de Sacramento como una especie de oasis artesanal dentro del predio, rodeado de gente intentando cargar combustible antes del inicio.

Checho miró hacia ahí con evidente conflicto interno.

Yo también lo pensé.Pero el cálculo era sencillo. Ir y volver significaba arriesgar canciones. Y esa noche las canciones valían más que cualquier cerveza artesanal del hemisferio sur.

Seguimos avanzando.

La multitud empezaba a compactarse frente al escenario todavía cubierto. Técnicos moviéndose de un lado a otro. Luces calibrándose. Ese lenguaje silencioso del backstage que indica que todo está por empezar.

Y entonces ocurrió algo completamente previsible.

Checho desapareció.

—Voy a ver qué consigo —dijo señalando hacia el toldito de Sacramento.

Asentí.

Error táctico.

En menos de diez segundos se había disuelto entre la gente como una entidad mitológica luqueña absorbida por el progresivo universal.

Me quedé solo.

Y curiosamente, funcionaba.

Porque había algo profundamente individual en todo esto. Uno podía cruzarse con amigos, músicos, conocidos, pero al final el vínculo con esa música terminaba ocurriendo en un espacio interno bastante difícil de compartir completamente.

Avancé hasta cerca de la cabina de sonido.

Buen lugar.

Desde ahí se veía todo, el escenario, las pantallas, los movimientos finales de los técnicos y esa masa de gente que lentamente dejaba de comportarse como público normal para transformarse en otra cosa.

Respiré hondo.

La tos volvió un instante, apenas para recordar que seguía existiendo.

Después miré alrededor.

Un tipo con remera vieja de Images and Words. Otro con una de Rush. Más allá alguien discutiendo sobre ELP como si estuviera defendiendo una tesis doctoral.

En medio de todo eso pensé algo bastante simple. Probablemente esta era la mayor concentración de personas capaces de disfrutar un solo de teclado de nueve minutos en varios kilómetros a la redonda.

La idea me hizo feliz de una manera completamente irracional.

Después las luces empezaron a bajar.

Y ahí terminó definitivamente el mundo exterior.

V.  Precisión quirúrgica

A las 21:00 exactas las luces cayeron.

Ni un minuto después.

Eso, en Paraguay, ya era una experiencia progresiva en sí misma.

El murmullo colectivo se apagó y el puerto entero pareció entrar en suspensión. Por un segundo quedó solamente ese ruido eléctrico previo a los grandes conciertos, una mezcla de ansiedad, cerveza y respiraciones sincronizadas.

Después apareció el primer pulso de “Metropolis”.

No hizo falta reconocer la canción racionalmente porque el cuerpo la identificó antes. Como cuando uno vuelve a una casa antigua y todavía recuerda dónde estaban los muebles aunque ya no existan.

Y ahí ocurrió algo importante.

Sentí una necesidad completamente irracional de beber.

No como antojo sino como mecanismo de supervivencia. Giré la cabeza justo cuando un vendedor atravesaba la multitud con una bandeja cargada de Bud 66.

—¡Cinco! —le dije automáticamente.

El tipo me miró con respeto profesional.

Dos latas fueron al bolsillo derecho de la campera. Dos al izquierdo. La quinta la abrí inmediatamente.

Primer trago.

Frío. Ligero. Perfectamente funcional.

Y ahí sí terminó de arrancar todo.

“Overture 1928” cayó encima del puerto como una maquinaria gigantesca ensamblándose en tiempo real. Las capas empezaban a abrirse, a superponerse, a desplazarse unas sobre otras con una precisión tan absurda que por momentos parecía directamente antinatural.

No había margen para distracciones.

Dream Theater exige atención completa. Es imposible escuchar eso de manera pasiva. La banda no te deja. Cada canción parece diseñada por ingenieros con problemas emocionales severos y formación clásica avanzada.

Después vino “Strange Déjà Vu”.

Y el título resultó peligrosamente exacto.

Porque eso era precisamente lo que estaba pasando, una especie de déjà vu expandido, donde el presente empezaba a mezclarse con todos los recuerdos acumulados alrededor de esa música. Los VHS gastados. Los ensayos de Querubes. Las discusiones eternas sobre cambios de compás. Las noches intentando entender cómo Mike Portnoy podía tocar así sin que el cuerpo humano colapsara.

Tomé otro trago.

La bronquitis ya no estaba al mando.

Entonces apareció Petrucci.

Y honestamente, verlo tocar en Paraguay produjo un fenómeno mental bastante extraño. Como el Aleph de Borges, su guitarra empezó a convocar simultáneamente a todos los grandes guitarristas posibles dentro de una sola imagen. Ahí estaban Agustín Barrios desmontando las limitaciones humanas con una mano imposible, Juan Cancio Barreto convirtiendo el requinto en una máquina de precisión sobrenatural, Berta Rojas haciendo respirar cada nota con elegancia quirúrgica, y hasta Kamba’i Echeverría haciendo ladrar perros y cacarear gallinas desde alguna dimensión folklórica donde la guitarra directamente dejó de obedecer las leyes normales.

Todo eso apareció junto.

Dentro de un solo riff.

Y después entró “The Mirror”.

Más pesado. Más directo. Pero incluso ahí, donde aparentemente el terreno era más simple, Dream Theater seguía desplazando la lógica normal del metal. Los acentos caían en lugares incómodos. Los cortes parecían discutir entre sí. Era como leer Yo, el Supremo musicalizado: estructuras internas peleando constantemente por el control del relato.

Tomé otro trago.

La multitud estaba completamente absorbida.

No había celulares levantados permanentemente. No había conversaciones inútiles. Había atención. Concentración casi física. Como si todos estuvieran intentando seguir el razonamiento interno de la banda para no quedarse atrás.

Entonces llegó “Panic Attack”.

Y el puerto explotó.

El nombre era demasiado preciso para lo que provocaba esa canción, porque daba ansiedad y sentías una presión inentendible. Sentí el pecho vibrar entero mientras Mike Portnoy convertía la batería en una discusión filosófica sobre el tiempo.

Y ahí pensé inevitablemente en Paraguay.

En Toti Morel y sus métricas imposibles. En Víctor Morel buscando ritmos donde una persona normal solo escucha caos. En Sebas Ramírez y toda esa generación under convencida de que tocar en 11/8 sigue siendo una buena decisión de vida.

Pensé también en Pedro, en Hernán Comas, en Maizal, en Beto sobreviviendo conmigo aquellas sesiones eternas del VHS de Tokio. Y por supuesto pensé en Checho, probablemente viviendo esa noche como un peregrino medieval viendo finalmente aparecer a su santo patrono.

Miré alrededor.

Había demasiada gente prestando atención real a solos larguísimos, cambios de compás innecesarios y estructuras musicales completamente desproporcionadas. Y lo más extraño era que nadie parecía confundido.

Afuera seguían existiendo semáforos rotos, reuniones laborales inútiles y problemas respiratorios serios. Pero adentro del puerto todo eso había dejado de importar temporalmente.

Y en medio de esa multitud se me cruzó una idea bastante incómoda.

Probablemente había demasiados músicos juntos dentro del predio y nadie parecía interesado en controlar esa “peligrosa” situación.

VI. A la deriva…

Después de “Panic Attack” el concierto entró en otra fase.

Ya no era solamente un recital. Era una especie de reorganización colectiva del sistema nervioso.

La cerveza empezó a circular con ritmo propio. Entre tema y tema aparecía automáticamente en la mano, como si el cuerpo hubiera desarrollado una técnica autónoma de abastecimiento alcohólico para sobrevivir a las métricas irregulares.

La garganta dolía menos. La fiebre parecía haberse retirado tácticamente. El cuerpo entero había aceptado que esa noche existían prioridades más importantes que la medicina tradicional.

Entonces empezaron a aparecer las caras.

Primero una.

Después otra.

Saludos rápidos, breves, casi telegráficos. Nadie quería perder tiempo hablando demasiado porque Dream Theater no da tregua (uno pestañea y ya cambiaron tres veces de tonalidad, dos de compás y probablemente modificaron la estructura emocional del hemisferio occidental).

Vi remeras de Marillion, de Kansas, Boston, Gentle Giant, Mr. Bungle, Meshuggah… En cualquier otro contexto, una concentración así de personas capaces de discutir seriamente sobre esas bandas habría requerido supervisión psiquiátrica especializada.

Pero ahí era completamente normal.

Y en medio de esa deriva reapareció Checho.

No vi de dónde salió. Simplemente volvió a materializarse cerca de la cabina de sonido con otra cerveza en la mano y expresión de felicidad espiritual avanzada.

A su lado estaba Pablo, bajista de Querubes.

Nos saludamos rápido, sin demasiadas palabras.Porque hay conciertos donde hablar resulta casi ofensivo.

Más atrás aparecieron también Pedro y Edgar.

Y ahí el panorama adquirió otra dimensión.

Pedro, baterista de Dr. Rock, hoy retirado de la urología pero no del rock progresivo, observaba el escenario con la concentración exacta de un cirujano viendo una operación particularmente compleja. La cabeza ligeramente inclinada, siguiendo cada acento de Mike Portnoy como si estuviera verificando una sutura delicada dentro de un paciente rítmico críticamente inestable.

No era solamente disfrute.

Era diagnóstico.

Edgar, odontólogo y bajista de Dr. Rock, mantenía otra clase de atención. Más silenciosa. Más estructural. Seguía las líneas internas de la música como quien entiende que las verdaderas bases de cualquier sistema no son las que más se ven.

Nos quedamos cerca un rato.

No juntos del todo, porque más bien estuvimos orbitando dentro del mismo campo gravitacional sonoro. Pensé fugazmente que la música no necesariamente se comparte hablando sobre ella. A veces alcanza simplemente con respirar dentro de la misma estructura.

Eso me dio sed.

Tomé otro trago.

Miré hacia el escenario justo cuando Jordan Rudess empezaba a hacer cosas completamente ilegales sobre el teclado.

Y automáticamente pensé en todos los tecladistas under paraguayos condenados históricamente a transportar instrumentos monstruosos por escaleras imposibles, colectivos hostiles y escenarios sin retorno económico alguno.

Pensé especialmente en Christian Kettembeil, ex Querubes y actual tecladista de Dr. Rock, probablemente absorbido en primera fila viendo a Rudess manipular teclados como si estuviera intentando reprogramar el clima del planeta.

Ahí entendí otra cosa importante, y era que detrás de cada músico paraguayo obsesionado con el progresivo existe inevitablemente una cuota importante de sacrificio logístico, psicológico y económico que ninguna persona equilibrada aceptaría voluntariamente.

Y sin embargo seguimos apareciendo.

Años después.

Más cansados.

Más viejos.

Pero todavía ahí.

Escuchando estructuras imposibles frente al río Paraguay como si eso tuviera sentido práctico dentro del capitalismo contemporáneo.

Y quizás justamente por eso tenía sentido.

 

VII. Fracturas del tiempo

En algún momento el concierto dejó de avanzar normalmente.

Las canciones seguían un orden, claro, pero el tiempo ya funcionaba raro. Cada tema abría recuerdos distintos, como si Dream Theater hubiera encontrado la manera de convertir nostalgia en ruido perfectamente organizado.

“The Enemy Inside” empujó todo hacia adelante con esa tensión constante que la banda maneja mejor que nadie. Riffs enormes, cambios exactos y esa sensación permanente de que todo está a punto de romperse sin terminar de caer nunca.

Después apareció “Peruvian Skies”.Y ahí cambió el aire.

De golpe volvieron los ensayos, los amplificadores prestados y las tardes enteras discutiendo discos imposibles mientras afuera Paraguay seguía funcionando normalmente, completamente ajeno a nuestras preocupaciones sobre cambios de compás y canciones de veinte minutos.

Tomé otro trago.

La cerveza ya no tenía gusto. Tenía una función.

“As I Am” entró como una declaración directa dentro de una banda que normalmente prefiere desarmar canciones antes que simplificarlas. Y aun así seguían apareciendo detalles raros, pequeños movimientos internos que impedían relajarse completamente.

Dream Theater nunca deja descansar del todo.Y probablemente ahí está parte del problema.

Después llegó “In the Arms of Morpheus”. El puerto entero empezó a entrar en un estado raro, medio hipnótico. La multitud ya no parecía estar viendo un concierto. Parecía estar adentro de una estructura gigantesca construida con riffs, luces y cerveza.

“Nigth Terror” oscureció todavía más el ambiente. Ahí pensé otra vez en Augusto Roa Bastos y en esas estructuras donde varias voces parecen pelear simultáneamente por el control del relato.

Y en medio de todo eso estaba John Myung.Probablemente el bajista más silenciosamente aterrador que vi en mi vida.

No hacía gestos. No buscaba atención. Simplemente sostenía canciones imposibles con una tranquilidad que daba miedo. Parecía un monje zen especializado en métricas irregulares.

Después vino “A Broken Man”.

Y honestamente, había algo medio roto en todos nosotros esa noche. El cansancio, la edad, los trabajos, el cuerpo resistiendo como podía. Y aun así ahí seguíamos, perfectamente dispuestos a soportar tres horas de metal progresivo como si eso fuera médicamente aceptable.

“Midnight Messiah” volvió a levantar todo otra vez. Más épica, más velocidad, más capas.

Entonces apareció James LaBrie.Y terminé admirándolo por razones completamente distintas a las de los noventa. LaBrie ya no intentaba pelear contra el tiempo. Negociaba con él. Y eso era mucho más humano.

Cantaba con la dignidad de alguien que entendió hace años que ningún ser humano debería competir eternamente contra una versión grabada de sí mismo en 1992.

Después llegó “Bend the Clock”.Y ahí el tiempo terminó de romperse del todo.

Porque eso hacía Dream Theater, doblar el tiempo, estirarlo, volverlo raro. Diez minutos podían durar treinta segundos o media vida.

Pensé también en Rolando Chaparro y en esa obsesión paraguaya por llevar la música hacia lugares incómodos aunque no exista infraestructura, dinero ni salud mental suficiente para sostener esas decisiones.

Después apareció “The Shadow Man Incident”.Larga. Excesiva. Completamente desproporcionada pero poderosa. Porque Dream Theater entendía algo que gran parte del mundo moderno olvidó hace tiempo, y es que no todo tiene que simplificarse para justificar su existencia.

Entonces empezó “A Change of Seasons”.

Y todo encontró como un eje.

La canción parecía contener el concierto entero adentro. El paso del tiempo, los cambios, las pérdidas y esa persistencia absurda de ciertas pasiones que sobreviven incluso cuando el cuerpo ya empieza a protestar seriamente.

Me quedé quieto.Sin tomar.Solo escuchando.

Y ahí entendí (ya no sé cuántas cosas entendí esa noche) que uno no escucha Dream Theater para relajarse sino para recordar que todavía existen personas obsesionadas con hacer las cosas de la manera más complicada posible..

Y aun dentro del universo más intrincado e inexpugnable de la complejidad, quienes eligen habitar esas músicas, esas estructuras y esas obsesiones, creo que son personas bastante simples y básicas en su cotidianeidad, seres que viven una vida muy enriquecida internamente.

Porque si todavía somos capaces de maravillarnos frente a algo tan complejo, entonces también conservamos intacta la capacidad de emocionarnos con las cosas más pequeñas y sencillas de la vida.

 

VIII. Pull Me Under

Después de “A Change of Seasons” parecía difícil agregar algo más. La canción había dejado al puerto entero en una especie de suspensión emocional bastante complicada de explicar sin parecer miembro activo de una secta progresiva.

La banda salió unos minutos, pero nadie se movió realmente. Todos sabíamos que todavía faltaba el cierre.

Entonces volvieron.Y empezó “The Spirit Carries On”.

El clima cambió inmediatamente. Después de tanta complejidad, tanta velocidad y tanta arquitectura sonora, la canción apareció casi desnuda emocionalmente. Ya no había necesidad de demostrar virtuosismo ni de romper estructuras; el golpe venía por otro lado.

Miré alrededor.

Había gente cantando con los ojos cerrados. Otros simplemente permanecían quietos, procesando el concierto como podían. Incluso los más endurecidos por décadas de metal parecían haber bajado las defensas un momento.

Tomé el último trago de cerveza que me quedaba, más por ceremonia que por sed.

Y entonces llegó “Pull Me Under”.

El círculo completo.

Treinta años después, ese coro seguía funcionando exactamente igual dentro de mi cabeza:

“Pull me under, I’m not afraid…”

Lo canté sin exagerar demasiado, pero con esa claridad incómoda que producen ciertas cosas que llevan demasiado tiempo acompañándote. Y ahí entendí definitivamente que algunas músicas nunca envejecen porque están presentes siempre, siguen moviéndose adentro de uno mucho después de haberlas escuchado por primera vez.

“Sumérgeme, Sumérgeme, Sumérgeme, no tengo miedo”, repetía James LaBrie, y en realidad ya no hacía falta insistir demasiado. Todos nos habíamos sumergido hace años. En aquel VHS gastado de Images and Words. En las madrugadas rebobinando solos imposibles. En la obsesión medio ridícula por descubrir músicas nuevas, estructuras desconocidas y canciones que parecían demasiado complejas para funcionar dentro de una vida normal.

Nos habíamos sumergido en ensayos interminables, en discusiones absurdamente específicas sobre compases irregulares, en bares vacíos, en guitarras desafinadas por el calor paraguayo y en esa necesidad bastante inexplicable de buscar siempre algo más complicado, más raro, más grande.

Y quizás por eso el coro seguía pegando tan fuerte después de tantos años.

Porque ya no hablaba solamente de una canción.

Hablaba de todo lo demás.

Y entonces el tema terminó.

Sin excesos.

Sin grandes despedidas teatrales.

Simplemente terminó.

Por un segundo nadie reaccionó. Después volvió lentamente el mundo, la gente hablando, buscando salidas, reencontrándose, comentando fragmentos del setlist como si acabaran de sobrevivir juntos a un fenómeno climático técnicamente inexplicable.

Salí del predio con Pedro y Edgar. Caminamos entre la multitud todavía excitada, descendiendo lentamente desde ese estado mental donde los cambios de compás parecen completamente razonables.

En el camino nos cruzamos con José Russo, que había colaborado con Dr. Rock en aquel tributo a Pink Floyd. Lo saludamos rápido, todavía todos medio aturdidos por el concierto, como sobrevivientes de una experiencia demasiado larga para resumirla caminando entre puestos vacíos y vasos aplastados.

Seguimos hasta Colón y pedimos un Bolt.

Asunción ya había recuperado su normalidad habitual. Las luces dispersas, tránsito reducido, algunos grupos todavía comentando el concierto en las esquinas. El puerto quedaba atrás lentamente mientras la adrenalina empezaba a bajar y el cuerpo recordaba otra vez sus limitaciones originales.

Pasamos primero por la casa de Pedro.Nos despedimos ahí, con esa clase de cansancio satisfecho que aparece después de experiencias realmente intensas. Después el Bolt continuó hacia Luque.

Y ahí volvió la tos con todo.

Como si hubiera estado esperando pacientemente el final del concierto para recuperar el control del organismo. El pecho empezó otra vez con esa percusión bronquial desagradable que ninguna batería progresiva logra volver elegante.

Me apoyé contra el asiento.

Afuera la ciudad seguía avanzando normalmente, completamente indiferente al hecho de que Dream Theater acababa de tocar frente al río Paraguay mientras decenas de músicos paraguayos intentaban reorganizar internamente décadas de obsesiones progresivas.

Llegué a casa agotado.

Revisé el celular.

—¿Qué tal tu concierto? —había escrito Sanie.

Y ese “tu” me causó gracia. Sonaba a algo completamente personal, casi clandestino. Como si Dream Theater no fuera una banda sino una pequeña sociedad secreta de tipos cansados que todavía discuten cambios de compás, compran remeras negras innecesarias y creen sinceramente que un solo de teclado de nueve minutos puede justificar una noche entera frente al río Paraguay.

Me quedé mirando el mensaje unos segundos. Pensé en ella, en las niñas dormidas a esa hora, en lo rápido que pasan ciertas etapas sin que uno termine de darse cuenta. Hace no demasiado tiempo yo rebobinaba VHS de Dream Theater intentando entender cómo podían existir canciones así, y ahora volvía de un concierto pensando en horarios escolares, medicamentos para la tos y actividades de la oficina.

La vida avanza rápido, muy rápido.

Uno cree que las obsesiones cambian, pero en realidad solo aprenden a convivir con otras cosas, con los hijos, el trabajo, el cansancio, responsabilidades y cuerpos que ya no responden igual.

La garganta estaba destruida.

El cuerpo finalmente pasaba factura.

Pero también quedaba esa certeza extraña, difícil de explicar incluso ahora, de que algunas obsesiones nunca fueron una etapa pasajera, sino una forma de mirar el mundo y atravesar la vida.

Final del formulario

 

PH @jorgevegaph

 

 

 

 

 

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DREAM THEATER: El Teatro de los Sueños desembarca por primera vez en Paraguay: Un viaje de 40 años a orillas del río.

DREAM THEATER

ABRIL 28 / 2o26 – ASUNCIÓN/PARAGUAY

COBERTURA ESPECIAL DE RADIO LATAPARARA ONLINE

LA LLEGADA – LUNES 27

El lunes 27 de abril en el marco de la gira del 40° Aniversario (40th Anniversary World Tour 2024-2026), la historia del metal progresivo en nuestro país cambió para siempre. A las 15:30 horas aproximadamente, un avión privado aterrizaba en suelo Guaraní. Un devoto grupo de fans los esperaba en el aeropuerto con la ilusión a flor de piel, pero los dioses del metal progresivo salieron de incógnito, manteniendo en misterio su búnker de descanso. La cacería cibernética no se hizo esperar: los grupos de WhatsApp hervían debatiendo el posible setlist y compartiendo pistas, hasta que saltó la primera foto. El hotel Palma Roga, en el corazón del centro asunceno, era la fortaleza de la banda.

Fiel a su costumbre, el hechicero Jordan Rudess fue visualizado en su clásica caminata de reconocimiento por el centro histórico. Frente al hotel, unos pocos afortunados consiguieron lo más preciado, ver a 2 de los músicos, y el tan codiciado autógrafo (malditos suertudos), mientras que los que llegaron más tarde se tuvieron que conformar con ver a Jordan y a James LaBrie a través del cristal del lobby, sin perder jamás la esperanza ni la sonrisa durante el resto de la noche, sin éxito pero felices de que estén a metros de distancia. Un fan consiguió el regaño de James en la cena con Jordan y lo llevó como historia para contarla a sus nietos.

LA PREVIA DEL DIA DEL CONCIERTO – MARTES 28

La cacería arranco temprano con fans alojados en la fortaleza de Palma, esperando desayunar y almorzar en el mismísimo recinto, guiaban a los grupos de WhatsApp sobre los movimientos de la banda antes del concierto. Esta vez, lo que estuvieron cerca, si consiguieron los trofeos en fotos y autógrafos (malditos suertudos x2).

Llegadas las 19 horas, la euforia se trasladó al Puerto de Asunción. Los fanáticos, impacientes, se congregaban sabiendo que esa noche la rivera se transformaría en el tan esperado teatro de los sueños. El escenario era inmejorable: la imponente grúa histórica del puerto alzándose a un costado, la brisa del Río Paraguay y unas nubes que se entrelazaron para formar un mosaico nocturno verdaderamente único. La leyenda de que estos músicos son relojes suizos no fue un mito: a las 21 horas en punto,

 

EL CONCIERTO

Acto 1: La avalancha técnica

La cinta de introducción, “Psycho Theme”, y la caída del Kabuki desataron el éxtasis con «Metropolis – Part I: The Miracle and the Sleeper». Una apertura impresionante que sirvió para dejar en claro que la precisión de la banda sigue intacta. De ahí, sin darnos respiro, nos arrojaron a la nostalgia pura con la dupla de «Overture 1928» unida a «Strange Deja Vu», transportándonos directo a la época dorada del Scenes from a Memory.

La densidad se apoderó del puerto con «The Mirror», donde el groove pesado de Mike Portnoy y los riffs de John Petrucci hicieron retumbar el suelo, dando paso a la frenética «Panic Attack», impulsada por esa demencial línea de bajo introductoria de John Myung. Luego, la velocidad moderna de la lista se hizo presente con «The Enemy Inside», un despliegue de doble bombo y agresividad del Mister Mike Portnoy, el antiguo y nuevo integrante fundador de la banda.

Pero uno de los momentos más sublimes de este primer bloque llegó con «Peruvian Skies». La banda no solo ejecutó esta joya noventera, sino que en un jam magistral insertaron una pequeña y afilada parte de «On the Backs of Angels». Nos regalaron un puente emotivo con acordes de «Wish You Were Here» de Pink Floyd y «Wherever I May Room» de Metallica. Todo esto, envuelto en un deslumbrante juego de luces, característico de la icónica gira Pulse (Pink Floyd) que, atravesando las densas columnas de humo, generaba una sensación de espacialidad única, como si estuviéramos flotando sobre el río. El cierre del Acto 1 fue una patada al pecho: «As I Am», un himno pesado que hizo cabecear hasta al más estático de los presentes.

 

 

El Interludio: Tratando de asimilar el golpe

Llegó una necesaria pausa entre el primer y segundo acto. En el público se respiraba incredulidad; la gente se miraba sin poder entender todavía el tren de carga sonoro que les acababa de pasar por encima de las cabezas.

 

Acto 2: La inmersión en Parasomnia y el viaje por las estaciones

Las pantallas cobraron vida anunciando el segundo acto. La banda decidió volcarse casi de lleno a su nuevo disco, Parasomnia. Al notar que al transcurrir los temas del disco omitieron sorpresivamente «Dead Asleep» y «Are We Dreaming?», las sonrisas cómplices brotaron entre los fans más analíticos: estaba confirmado, íbamos a presenciar el aclamado LATAM – SET C (Modificado para algunos).

 

Abrieron la sesión con la inmensa «In the Arms of Morpheus» pegada directamente a «Night Terror», demostrando que el material nuevo tiene la misma complejidad y oscuridad cinematográfica que sus obras clásicas. Bajaron un poco la agresividad con «A Broken Man», dejando que James LaBrie brillara con una interpretación cargada de melancolía y dramatismo.

La genialidad instrumental tomó el control con la dupla «Midnight Messiah» y «Bend The Clock», donde el mago Rudess hizo de las suyas, comandando una sección de amalgamas rítmicas que desafían la lógica humana. Y entonces, llegó la monstruosidad de la noche: «The Shadow Man Incident». Casi 20 minutos de progresivo puro, una epopeya que pasó por todos los climas posibles.

 

¿Cansados? Para nada. Casi al terminar la nueva propuesta del último disco, y literalmente sin despeinarse, engranaron las maquinarias para pasearse por todas las estaciones durante 23 minutos más con la obra cumbre «A Change of Seasons». Una ejecución magistral, impecable, que dejó en evidencia por qué son los reyes indiscutibles del género.

El Encore: El espíritu, el tren y el abismo

El tren seguía atropellando a los fans con su virtuosismo, pero de repente, bajaron las revoluciones a cero. El puerto entero se iluminó, no por las luces del escenario, sino por las linternas de los teléfonos móviles. Era el momento de «The Spirit Carries On», el infaltable himno al alma. Fue un instante mágico, un espacio para recordar el espíritu de todos aquellos que alguna vez estuvieron con nosotros. La banda demostró que, así como son un tren bala imparable, pueden mutar a un paseo acústico, tranquilo y profundamente emotivo en menos de 10 segundos.

 

A punto de dar las doce de la noche, casi culminando las 3 horas de espectáculo, sonó ese acorde limpio que todos conocen. «Pull Me Under» cerró la velada. La particularidad de este tema en vivo es innegable: es la génesis de su éxito, con más de 90 millones de reproducciones en plataformas digitales de música a la fecha , la canción que condensa su esencia más noventera y cruda. Su energía inagotable y ese cierre abrupto que siempre te deja conteniendo la respiración fueron el broche de oro para una noche perfecta.

 

EL FINAL

Llegó la medianoche y el hechizo se rompió, pero la marca quedó tatuada en mas de 3000 personas. Ver a Dream Theater en tu propio país, respirando tu mismo aire, a orillas de tu río, es una experiencia más allá de lo musical. Es ver a cinco genios que, tras cuatro décadas de carrera, siguen empujando los límites anatómicos y creativos de lo que se puede hacer con un instrumento. Para Paraguay fue la graduación definitiva en el mapa del metal progresivo mundial. El Teatro de los Sueños por fin abrió sus puertas en Asunción, y la espera de 40 años valió cada maldito segundo.

Desde Radio Lataparara, queremos dar un agradecimiento especial a G5Pro por apostar al metal de este calibre y traer producciones de primer nivel a suelo paraguayo.

 

 

Salud Fans de DT de Paraguay!, The Spirit Carries On…

 

Dani V.

RADIO LATAPARARA

Rock y algo más..

 

Fotos: Producción G5pro

@dannonnina

@jorgevegaph

@sool_acuna

@facugarayo_

@dreamtheaterofficial

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VILLA ROCK 2026 : La trigésima primera edición

 

La trigésima primera edición de Villa Rock, celebrada el miércoles 1 de abril en Rock and Chopp y considerada de interés cultural por parte de la Municipalidad de Villarrica, consolidó una vez más al festival como uno de los pilares del rock en el interior del país.

La difícil tarea de romper el hielo le tocó a la joven agrupación EUFONÍA que irrumpió con una sutil instrumental creando esa atmósfera de expectación y poder; con arreglos cuidadoso  pintaron al detalle  lo que se venía más adelante; elegante y enérgica presentación que dio trabajo extra a los encargados de boletería porque, por acá pues, nosotros escuchamos desde afuera.

Un conocido de la casa, Gustavo Sánchez-Haase se puso la capa y se convirtió en ONE-MAN BAND para traernos una propuesta minimalista y efectiva; se sumó el segundo en la ecuación y se completó así la presentación anunciada: TWO-MAN BAND, dos músicos y una química impecable para llenar el espacio con blues-rock crudo y auténtico; quién necesita una filarmónica cuando se tiene a dos genios en escena?

Llegó el turno de una banda ficticia creada por “el teniente” que se hizo realidad en la tarima de Villa Rock: TENIENTES entró en escena con un derroche de fuerza y crudeza sónica invitando a mover las cabezas y dejar bien claro su calidad de banda tributo a dos almas que dieron vida a la escena del rock y el metal guaireño; seguro quedaron tan satisfechos como el público en “general”.

Una pequeña pausa para la declaración municipal, algunas palabras de los exponentes de la vieja escuela y protagonistas del nacimiento de Villa Rock allá por 1995 y los primeros sonidos de KILLER QUEENS que, como el año pasado, aportó su cuota de frescura y actitud, con un sonido contundente que invitó nuevamente a los asistentes a sumergirse en los compases bien marcados de clásicos y propuestas nuevas; el público quería más pero la dictadura del tiempo fue cruel.

Cnel. Oviedo nuevamente bien representada en escena, CRIMSON STEREO  se presentó sumando capas progresivas, melódicas y envolventes, con sonido afilado y mucha energía escénica, conectó de inmediato con los más jóvenes presentes haciendo temblar el recinto que quedó pequeño ante tanta afluencia.

Luego del vendaval de adrenalina era momento de la dosis exacta de dopamina administrada con los acordes matemáticos del último material de ENCRUCIJADA puestas en escena, ejecutadas con calidad, técnica y precisión; riffs potentes y una presencia escénica que equilibraba la grilla entre experiencia y propuestas de nueva generación; luego de unas canciones que invitaban al trago y a la reflexión metieron quinta y de vuelta todo el público a vibrar.

Personalmente, uno de los más esperados de la noche gracias a sus hits en Radio Lata Parará, NORTON 52 entró a escena con pulso alto y demoledor, con un set compacto y directo donde su potencia instrumental y presencia vocal se impuso sin necesidad de artificios confirmando su lugar entre las bandas locales más consistentes con una presencia escénica arrolladora; de vuelta, la tiranía temporal nos impidió escuchar y vibrar más.

MOMBYRY GUIVE, cómo explicar esta presentación en vivo… veamos… en la vida cotidiana son Bruce Banner pero se convierten en Hulk cuando desde lejos vienen a conquistar el entablado; en un momento determinado la ira sónica del vocalista posa su mirada en el público mientras escupía su furia al son de su música y, sinceramente, uno no sabía si salir corriendo o, estoicamente, seguir allí rompiendo; hicieron vibrar Villa Rock interpretando temas propios demostrando que es una banda que llegó al público que coreaba los estribillos de sus himnos cerrando su repertorio con un clásico.

Entregada la posta por este servidor sube al escenario ROCK DEALER, el Power Trío liderado por Cabañita que participaron por segunda vez en el Villa Rock interpretando temas propios que hablan de la realidad social, cerrando con un clásico de la renga, El Rebelde; potencia y carisma escénica que instó al público a pedir más.

RUIDO ASTEROIDE, un proyecto indie interpretando clásicos de la música de ese género más un tema propio; una vez más el proyecto Indie demuestra que tiene su público fiel que vibraron y cantaron todos los temas de esta banda.

ROTTEM BAND, Desde  la ciudad del hechizo Caazapá demostró  que es una banda convocante con un público que esperó hasta el cierre para verlos; interpretaron clásicos del rock en Español y cerró el Villa Rock 2026 dejando a un público pidiendo más, rompiéndose finalmente los treinta minutos por banda y duplicando el deseo de los asistentes de que el festival aún no acabara.

Con esta edición 2026, Villa Rock ratificó su compromiso con la escena musical local y regional, demostrando que el rock del interior no solo resiste, sino que se renueva con autoridad, emoción y sentido de pertenencia. Queda la expectativa por las sorpresas que traerá la próxima edición. Hasta entonces, el rock sigue vivo en Villarrica.

Por:  Arturo Bogado

Ph:  Arnaldo Espinola

 

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Adiós a FERKY, sinónimo de rebeldía y hermandad

Estuve pensando qué escribir sobre Ferky.

Y la verdad es que cuesta… porque hay demasiado para contar y uno no sabe por dónde empezar. Muchos lo conocieron en un solo ámbito, pero lo cierto es que dejó huellas en muchos lugares de esta vida, o este viaje, como cada uno quiera llamarlo.

Para Ferky, la música no era solo un escape. Era una forma de plantarse, de decir “acá estoy yo, acá estamos nosotros”. Los que no seguimos moldes, los que no encajamos en etiquetas, los que no vivimos según lo que suena en la radio o los que no hacemos lo que la sociedad espera de nosotros.

Era parte de una generación que encontró en el heavy metal un refugio, pero también una forma de entender que la rebeldía no es solo estética sino también es política, también es compromiso.

En los finales de los años 90 Ferky ya estaba militando en el Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC), desde sus inicios.

Eso dice mucho. No era solo actitud, era coherencia. Sí, esa coherencia que cada uno conoció de Ferky él lo forjó con disciplina y compromiso porque ya se organizaba con otros jóvenes para modificar a través de la acción la realidad que nos duele, nos molesta y nos rebela. Era alguien comprometido con su país, con los derechos humanos, con una forma de vivir que no se negocia.

Como gestor cultural, dejó un legado enorme, aunque probablemente nunca sea del todo reconocido. Primero, porque nunca lo buscó. Y segundo, porque eligió el lugar más difícil donde desarrollar su tarea, que es lo que podríamos denominar el fondo de los fondos, o de los bajos fondos del underground. Ese espacio donde no importan el dinero ni las modas, sino la amistad, la camaradería, la hermandad headbanger.

Ahí estaba él. Siempre.

Fue organizador y productor de innumerables conciertos y festivales con su querida «Metal Aliance», sosteniendo una escena que existe gracias a personas como él. Siempre apoyando, siempre presente, siempre empujando.

También era un oyente fiel de LATAPARARA. Siempre estaba atento, enviando mensajes, apoyando cada programa, acompañando desde “el otro lado”, porque Ferky era así, ocupaba todos los espacios del underground, incluyendo este proyecto que tiene impregnado su espíritu de divulgación de la cultura del rock y el metal.

Sus amigos lo recuerdan como un melómano total, amante del rock y el heavy metal, pero también como alguien que sabía dar ánimo, que transmitía tranquilidad, que estaba ahí cuando hacía falta. Un tipo positivo, incluso en los momentos difíciles.

Ferky siempre decía que uno debe hacer lo que uno quiere porque la vida es efímera.

Y él vivió así.

Su última presentación fue el domingo 18 de enero, con su banda BLUESTONE, en el PENTAMUSIC FEST. Subió al escenario como siempre, descontracturado, con su botella de Red Label, con esa voz rasposa que parecía el rugido de algo indomable.

Porque él era eso, indomable, rebelde, auténtico hasta los huesos. Siempre desafiando las formas, siempre incomodando a una sociedad que muchas veces prefiere la superficialidad.

 

De ese día recuerdo una anécdota muy simple, pero que hoy me quedó grabada. Nos cruzamos cuando él subía al escenario y yo bajaba, después de tocar en un homenaje a Chester Swann en el mismo “PENTA”. Me dijo: “No había admirado tanto como hoy la letra de ‘Yo no me arrastro». Qué loco estaba este Chester”.

Qué ironía. Porque esa canción parecía escrita para Ferky.

 

SIGAN ARRASTRÁNDOSE (CHESTER SWANN)

 

Voy caminando en la madrugada

Por esas calles de la ciudad

Me encuentro solo, estoy reventado

No tengo un mango para morfar

 

Melena al viento, guitarra al hombro

Bolsillos llenos de libertad

Busco un amigo que tenga onda

Y me haga pata para volar

 

No tengo nada, pero soy libre

Me siento dueño de la ciudad

Mi facha rara provoca insultos

Cuando la gente me ve pasar

 

No ven sus vicios ni sus miserias

Sólo reparan en los demás

Yo estoy muy alto ¡Pobres gusanos!

¡Yo no me arrastro, puedo volar!

 

En vuestro mundo todo se vende

Amor, amigos y dignidad

Judas modernos, del oro esclavos

A mí jamás me podrán comprar

 

¡Y se proclaman hijos de Cristo!

¡Habráse visto desfachatez!

Por cinco reales matan a un hombre

Venden la madre, compran la ley

 

Oh, gentes nada que ver

Sigan arrastrándose!

Lenguas largas, cabellos cortos

Moral en venta o en alquiler

 

Oh, gentes nada que ver

Sigan arrastrándose!

Limpios por fuera, sucios por dentro

Es de rameras su proceder

 

Sigan arrastrándose!

Sigan arrastrándose!

Sigan arrastrándose!

Sigan!

Sé que hay muchas cosas por decir de él, pero creo que una síntesis de su vida es esta:

Ferky no se arrastraba.

Ferky volaba.

Y así lo vamos a recordar.

Hasta siempre Fernando Aguilera

 

Por : Geté

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Batallón y los viñedos de la ciudad de Luque

El vino tiene un delicado proceso de añejamiento, llega a ser refinado y maduro con la paciencia que solo pueden brindar los años dentro del roble, este delicado proceso se aplica perfectamente a Batallón, el buque insignia del metal luqueño, quienes nos regalaron un memorable concierto el domingo 29 de marzo  en Cool Bar. Los presentes fuimos testigos de una verdadera tormenta de metal que arrancó con una guarania interpretada por Domingo Pérez y coreada por todos los presentes, es que no era para menos, el “Purahei paha” de José Asunción Flores fue dedicada a “José Bogarín”, fundador, bajista y vocalista de la banda, quien pasó a la eternidad un 29 de marzo de 2012.

Tras esta emotiva dedicatoria, arrancaba la intro Sinfónica de Likaón, que daba inicio al concierto, luego se vendrá el instrumental “Batallón” y la mágica noche arrancaba para los amantes del buen metal nacional.

El setlist incluyó además, Bienvenidos al circo, Corrupción, Sangre inocente, Hijos de Lykaon, Bajo Tierra, el nuevo tema titulado “Caronte” y un cierre brutal con Verdugos.

La cosecha de 1988

Batallón fue fundada en la década del 80 y su debut se produjo un 3 de junio de 1988 en un concierto organizado por ellos mismos en su ciudad de Luque, eran 5 jóvenes que ni siquiera tenían instrumentos propios, pero con todas las ganas del mundo de tocar juntos.

Son considerados uno de los grupos pioneros del metal nacional del Paraguay y son los directos responsables de que existan metaleros en la ciudad de Luque, hasta allí todo perfecto, ya figuran en las doradas páginas de la historia pero, Batallón no para, nunca se separaron y no dejaron de activar ni en pandemia. No se juntan para recibir tributos o diplomas, muy por el contrario, Batallón es una banda actual, que ensaya, que se prepara y asume el compromiso de subir a un escenario y eso se notó claramente en esta presentación.

Las líricas de Batallón son poesía pura que fluye y que sigue, su música es ese mismo metal ochentero y directo, machacante y con delicadas mezclas de 6 x 8 en algunas de sus canciones pero con sonido actual.

El vino, como la vida misma, mejora con los años: madura, se suaviza y adquiere complejidad, pues Walter, Marcos, Necho y Domingo han logrado que el Batallón del 2026 suene compacto y directo, los músicos están sueltos, y en parte se debe a que ahora cuentan con un vocalista, un destaque especial en este punto para “Junior Pavón”, actual frontman de la banda, quien se afianza con cada presentación.

Batallón es, sin lugar a dudas, la mejor cosecha salida de los viñedos del metal en la ciudad de Luque.

 

 

 

Por:  Richie Vidaurre

Ph:  Evelyn Rodríguez

              Juany Villalba

Video:  José Bullet 

 

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Hikuai – “Polka Híbrida”

 

 
“Polka Híbrida” es un tema de metal progresivo paraguayo que propone algo distinto dentro del género. La canción apuesta por una idea clara: menos ruido y más ritmo, técnica y composición.
 
El bajo suena limpio y marca tanto la melodía como la base rítmica, mientras la batería acompaña con fuerza y precisión. El tema se desarrolla en tres partes bien definidas: un inicio melódico, una sección central más pesada y un cierre ordenado que termina de cerrar la obra.
La base del tema es el ritmo 6/8 de la polka paraguaya, usado como motor principal. Esta mezcla entre metal progresivo y ritmo nacional le da a la canción una identidad propia y poco común, tanto a nivel local como fuera del país.
“Polka Híbrida” es una canción distinta dentro del metal paraguayo. No busca impacto desde la distorsión, sino desde la estructura, el ritmo y la ejecución, lo que la vuelve una propuesta única en su estilo.
Recomendamos escucharla con atención, preferentemente con auriculares, para apreciar los detalles rítmicos y la construcción del tema. Es una muestra de que el metal también puede explorar caminos nuevos sin perder fuerza.
 
Por: Cesar Urutaú
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Colorido cultural en el Pentamusic Metal Fest: Canciones nuevas, homenaje, poemas y liricas en guaraní

Colorido cultural en el Pentamusic Metal Fest: Canciones nuevas, homenaje, poemas y liricas en guaraní

La edición 2026 del Pentamusic Metal Fest, realizado el domingo pasado en el local de la Asociación de Músicos de Luque, no solo dejó una buena energía rockera, sino el colorido en todo el esplendor que toda organización tiene en mente durante la diagramación de un evento de este kilate.

El público disfrutó del arte y la cultura en sí, hecha en tierra guaraní. La tarde – noche se dividió en dos momentos muy especiales. La primera, presentación a los “headbangers” de los libros, “Librería San Macario” del escritor luqueño, Carlos Noguera Bazzano. Se destaca porque esta obra fue ganadora en el 2025 del premio “Beatriz”. En ella se puede apreciar, un relato muy puntilloso del autor que narra historias, vivencias, además de nostalgias de otros poetas y narradores, pero siempre en un ambiente paraguayo.

Los libros del legendario y pionero del rock paraguayo, Chester Swan, ´Los 22 cuentos escogidos´ es un libro de cuentos y la novela   ´Los dioses deben morir´ , fueron presentados por Blas Brítez y Javier Viveros, quienes le dieron el realce al trabajo literario del “lobo estepario”, conocido también por sus poemas y crítica social, hechas canciones.

La segunda parte de la división, estuvo a cargo de las bandas anotadas para subir al escenario, quienes no solo disfrutaron durante sus respectivos shows, sino que se conectaron con el público, de diferentes maneras. La comunicación hizo que el “famoso tiempo” sea óptimo para cada una de las agrupaciones.

Lok´tar subió a escenario con la característica en el vestuario, munidos de máscaras que le dan la fuerza interna a cada uno de sus integrantes. Las canciones “La corrupción”, “La insubordinación”, “La confrontación” y “La dualidad”, presentados durante el show, se encuentran en el trabajo discográfico, denominado “Oga 1811-2025”.

Por su parte ToxicAvenger, desparramó la fuerza del thrash metal y su mensaje directo contra los males que acechan nuestro país. Además, presentaron en sociedad la canción “Indians”, ocasión en que el vocalista de Mythika, Julio Franco, acompañó el citado momento.

 

Los death metal de Sadistic Art, homenajearon al gran actor paraguayo, Jesús Pérez, fallecido en el 2025, quien interpretó al general Garay en el videoclip, Yrendagué, filmado en el Chaco lugar de la contienda con Bolivia, entre 1932 – 1935.

                                                                                               Ph: Raissa Brujita

Mythika, invitó al niño rubio que merodea la siesta paraguaya, sin que nadie lo descubra. La canción JasyJateré, dio el pulso para adentrarnos a la leyenda de nuestro país, por supuesto con el sonido del heavy metal. “La Amarga Plegaria”, además de recordar al poeta del Guairá, Manuel Ortiz Guerrero, fue un homenaje a la Guarania en particular y a la lírica paraguaya en general. Este tema fue cantado a dos voces, entre Julio Franco y Gustavo Torres de Querubes.

ph: Lore Jordan

Bajo Zero no quedó atrás, porque entre tema y tema, se resaltaron los riffs largos y precisos de Gabriel Colmán, bien secundado por Didier Parra, Edgar Chamorro y Francis Troncoso.

Ph; Lore Jordan

Los legendarios de Batallón, presentaron en sociedad a “Caronte”, la nueva canción que relata el viaje al más allá a través de una embarcación, solo se precisa de una moneda para la ida y evitar el retorno. Tampoco faltaron los clásicos tales como Corrupción, Sangre Inocente, Bienvenido al Circo, Hijos de Lykaon, el instrumental.

Ph; Ninfa Valdez

Querubes también jugó de local, por lo que dominó el balón para que cada pase preciso que contengan los riffs y el sonido que le caracteriza pueda erizar la piel del público no solo luqueño, sino metalero que a hace hora desparramaba alegría, ante una jornada cargada de energía rockera.

Kerayvoty, la canción con letras en guaraní, fue la gran sorpresa que brindó Querubes para dar el broche de oro a un festival que “solo rememoró la esencia de la cultura de nuestro país, en la ciudad de la música”.

 

Ph; Anselmo Garcete

También fueron parte del evento, las bandas Full/Sin, NhandeiZha y Bluestone. La organización previó todos los detalles para que los músicos puedan estar bien cubiertos una vez en el escenario, sonido, acústica, retornos, juego de luces, pantalla gigante para que el público pueda observar las imágenes entre las canciones.

Tampoco faltaron los puestos de merchandising para que los fanáticos de las agrupaciones tengan la posibilidad de adquirir para la colección. En líneas generales, la salida tuvo sabor no solo a alegría, sino a victoria, porque se disfrutó del ambiente.

Desde la radio online más potente del país, celebramos y felicitamos a la organización por la tarea puntillosa de ver todos los detalles para que los grupos puedan sentirse como en casa.

Por: Julio Ramón Dávalos Acuña.

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Deja un rico y extenso legado a la cultura paraguaya el juglar Quemil Yambay

 

Quemil Yambay (1938-2026)

El legendario músico, cantante, compositor e imitador paraguayo, nacido en Santa Elena, Cordillera, tras su paso a la transición, dejó un rico y extenso legado a la cultura paraguaya.

Quemil Yambay, fue conocido por su humor, estilo único donde fusionó los sonidos de animales y canciones, tales como «MokõiGuyra’i» y «Lidia Mariana». En el 2007 fuereconocido como «Tesoro Humano Vivo» por la UNESCO.

Primeros años y carrera:

Nació el 10 de marzo de 1938 en Tupa’orã, Paraguay. Yambay, abandona la escuela para trabajar y comenzar su carrera artística, al imitar sonidos de animales desde niño, inspirándose en su entorno rural de Alfonso Tranquera.

En 1961, fundó la agrupación Los Alfonsinos, convirtiéndose en un referente del purahéijahe’o (canto sentimental).Su música combinaba el humor, la picardía y la nostalgia, usando versos en guaraní y español, además de su reconocida habilidad para imitar más de 100 especies animales.

Entre sus principales composiciones, se destacan «MokõiGuyra’i», «Lidia Mariana», «Areko 4 Kuña», «Ajupita de Presidente», «Apoi ha ha’ujevy», «Alfonso Tranquera», «Gool Paraguayo».

También fue declarado Hijo Dilecto de Asunción. Además de recibió la Orden Nacional al Mérito Comuneros y otra distinción por parte del Ministerio de Relaciones Exteriores en el 2011.

A pesar de perder la vista por completo a causa de una operación a los 43 años, continuó actuando. Padre de Carmiña, con Lidia Mariana, y dos hijos y dos hijas con su esposa Lidia Alvarenga.

«El Último Sapukái», se denominó el concierto de despedida. Este evento se realizó en el 2017, aunque su retiro se extendió debido a problemas de salud.

 

La expresión popular se escucha en las canciones de Quemil Yambay, porque conquistó a su público a través del sarcasmo. Este hecho lo sitúa entre uno de los mejores compositores del país.

Su música cruzó la frontera del fútbol y alimentó la pasión de un país atento a los resultados de la albirroja, con “Gol Paraguayo”, para celebrar el título de la Copa América en Buenos Aires en 1979. A ésta canción se suma, “Todo el Mundo te Quiero Romerito”. Fue un bálsamo para el apoyo del pueblo a la selección que posteriormente clasificó al Mundial de México, en 1986.

Desde Lata Paraná, expresamos el respeto a una figura representativa de nuestro país, porque Quemil Yambay no dudó en subir a un escenario donde la jornada fue organizada para un concierto de metal extremo. El juglar llegó al lugar con Los Alfonsinos y cantó para un público atípico, pero que disfrutó de sus clásicos.

Salud don Quemil Yambay. Hasta siempre….

Por: Julio Davalos

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