(apuntes naif sobre el concierto de Tyger Of Pan Tang en Paraguay)
Por: Geté
PH : Dani Vera
Nadie en su sano juicio debería estar metido un lunes de noche en Absoluto Rock Bar, con la garganta áspera, el hígado negociando cláusulas de supervivencia y una leyenda de la New Wave of British Heavy Metal a punto de salir al escenario. Pero el metal, por suerte, nunca fue territorio de la gente demasiado razonable. Así que ahí estábamos unas trescientas almas vestidas de negro, algunas todavía jóvenes, otras con orgullosas canas metaleras, todas reunidas para comprobar si Tygers of Pan Tang seguía teniendo dientes, garras y ese viejo rugido británico que, en los años ochenta, ayudó a ensanchar el mapa del heavy metal.
Y bastaron los primeros minutos para comprobarlo.
La jornada había empezado temprano. A las 18:15 subió Jolly Roger con su heavy/speed metal de espíritu clásico, filoso y pirata. La banda tiene una marcada identidad con riffs épicos y veloces, imaginario de aventura y una energía que parece salida de una taberna incendiada por corsarios con camperas de cuero. Excelente apertura para una noche que necesitaba levantar temperatura desde temprano, antes de que el lunes se acordara de que era lunes.
Después vino Furious Dogs, a las 19:00, con su heavy metal/hard rock directo, de riff pesado y actitud frontal. No es una banda para andar descifrando con lupa académica porque entra, golpea, sacude y deja claro que el rock and roll huele a amplificador caliente, cerveza derramada y calle. Su lugar en la grilla funcionó demasiado bien por el empuje rockero que le metieron. Es como cuando entrás a un bar y todos creen que estás medio kaigue y pire vai, y de repente empezás a hacer volar las mesas y tumbar puertas pe añamemby.
A las 19:55 apareció Evil Force, y ahí la cosa cambió de densidad. El thrash metal old school de ellos subió de golpe la temperatura. Otra violencia, otra manera de mirar al público. Evil Force desde el inicio ya anunció que no vino a adornar la noche nomás como invitado, vino a darnos un feroz tovajepete y a revolver todo lo que encontraba a su paso. Con temas como “Hedonism Rising”, “Chaotic Sounds of Destruction”, “Banging on the Pentagram”, “Spitting Rage”, “Unleash Your Fury” y “Enigma of the Absolute”, la banda descargó esa mezcla de velocidad, agresividad y espíritu underground que la mantiene como una presencia fuerte dentro del metal paraguayo. Evil Force suena a sótano, a distorsión, a ese esmeril que raspa un hierro hasta moldearlo a su antojo. A partir de ahí, todos los cuellos pasaron por alineación y balanceo, preparados para doblar la próxima esquina del apocalipsis.
Luego, a las 20:55, subió Riding, desde México. ¡Qué banda espectacular!. Llegó con su heavy metal tradicional de raíz hard rockera. Uriel Aguilar, David Sandoval, Alejandro Escobar y Kevin Sandoval trajeron una propuesta más melódica, con riffs de acero, aire ochentero y una actitud de escenario de la gran siete. Riding trajo desde México una lectura propia del heavy tradicional. Guitarras líderes, melodía clara, voz limpia y una estética clásica asumida con seriedad, sin necesidad de sobreactuar la pose. No buscó competir con la agresividad de Evil Force ni adelantar el impacto de Tygers of Pan Tang. Ocupó un lugar propio, más melódico y hard rockero, y amplió el registro sonoro de la noche antes del desembarco británico.
A las 22:00, finalmente, Tygers of Pan Tang salió a escena. Y antes de que sonara el primer golpe, Craig Ellis hizo una reverencia. Fue un gesto breve, pero revelador. No era una pose vacía ni un truco de cortesía. Era como decir: “Sabemos dónde estamos, sabemos lo que significa esta noche, y vamos a tocar como corresponde”. En tiempos en que muchas bandas históricas llegan a Sudamérica con piloto automático, esa reverencia valió como declaración de principios y respeto total al público.
La formación que pisó Paraguay estuvo integrada por Robb Weir en guitarra y coros, Jacopo “Jack” Meille en voz principal, John Foottit en guitarra, Huw Holding en bajo y Craig Ellis en batería, percusión y coros. Robb Weir, fundador y columna vertebral histórica del grupo, no se limitó a ocupar el lugar del veterano ilustre. Todo lo contrario, sostuvo la noche con oficio, temple y una presencia que no necesitaba gritar para imponerse.

El arranque con “Euthanasia” fue una patada de época. Ese tema tiene la crudeza inicial de la NWOBHM, una energía casi callejera, sin maquillaje. Después vino “Gangland”, que confirmó que el sonido estaba firme y que la banda no había venido a administrar nostalgia, sino a soltar al Jaguarete en medio de la sala y ver quién salía ileso.Entre “Keeping Me Alive”, “Back for Good” y “Take It”, el show empezó a mostrar el equilibrio de la banda actual, es decir, respeto por la historia, pero con producción, cuerpo y músculo contemporáneo.
Jack Meille fue uno de los grandes responsables de que la noche no se convirtiera en una simple postal ochentera. El tipo manejó los registros vocales con una soltura impresionante. Subía, bajaba, apretaba, soltaba, jugaba con el público, sonreía y volvía a meter presión cuando la canción lo exigía. En síntesis, opurahéi la tipo. En un momento lanzó una frase que ya debería quedar archivada en la memoria metalera local. “No recuerdo haber rockeado tanto un lunes”. Y tenía razón. Lo que estaba pasando era medio absurdo. Un lunes, Asunción, trescientas personas, mosh pit, cuernos por doquier, coros, bangueos poderosos y una banda británica tocando como si estuviera cerrando el Wacken.Los murmullos, si acaso pudieran “verse” entre tanto ruido, dibujaban una comparación inevitable con Robert Plant. El parecido está ahí, flotando en la melena, en ciertos gestos, en la forma de plantarse frente al micrófono. Y no parece casual que también sea la voz principal de NORGE, banda italiana de tributo a Led Zeppelin.
La sexta canción fue “Electrifyed”, y fue uno de los momentos fuertes del concierto. Riff afilado, pulso moderno y una energía que conectó la etapa reciente de la banda con su vieja escuela. Ahí quedó claro que Tygers of Pan Tang no vino solamente a desempolvar glorias antiguas, sino a probar que todavía tiene corriente propia, con canciones nuevas capaces de pisar fuerte el mismo escenario que los clásicos.
Robb Weir fue uno de los grandes protagonistas de la noche. Su forma de tocar llenó todos los espacios posibles con solos, arreglos, respuestas melódicas, fraseos y pequeños detalles que mantuvieron la tensión musical en alto. No dejó lugar a especulaciones ni vacíos. Cada intervención pareció estar pensada para fortalecer la canción, no para exhibirse de manera gratuita. Esa es una diferencia importante, porque no todo virtuosismo entiende cuándo debe ponerse al servicio del repertorio. Weir sí lo entiende y por eso su talento es superior. En varios pasajes del concierto, además, recurrió al Talk Box, ese dispositivo clásico que permite modular el sonido de la guitarra con la boca y lograr ese efecto de guitarra que parece hablar. No era un sintetizador vocal ni un adorno tecnológico puesto porque sí, sino un recurso utilizado con criterio, de esos que hacen que uno sonría como criatura cuando descubre que la guitarra también puede tener lengua.
“Only the Brave” levantó el costado hímnico de la banda. “Paris by Air” abrió la faceta más melódica, casi AOR, elegante, radial, pero sin perder carácter. Y “White Lines” fue otro momento destacable, especialmente por los coros del baterista. Craig Ellis no solo marcaba el pulso. Participaba, empujaba, respondía. Esa fue una de las cosas que más impresionó de Tygers. Sonaban como una familia escénica. No familia en el sentido de postal dominguera con asado, mandioca y sopa paraguaya, sino en el sentido de unidad real hecha de miradas, entradas, apoyos, sonrisas, complicidad y precisión. Nadie estaba flotando solo por ahi. Todos estaban adentro de la misma maquinaria.
John Foottit, por su parte, se encargó de buena parte de los solos con una precisión admirable, en perfecta sincronía con Robb Weir. No parecía haber dos guitarras compitiendo por el centro de la escena, sino una sola arquitectura eléctrica repartida en dos cuerpos.Solos, arreglos, fraseos y respuestas aparecían donde debían aparecer. Nada sobraba, nada faltaba.
Con “Slave to Freedom”, “Love Potion No. 9”, “Hellbound”, “Love Don’t Stay” y “Suzie Smiled”, la banda terminó de sacar todas sus garras. Hubo crudeza, melodía, veneno rock and roll y oficio de vieja fiera. Nada sonó suelto. Todo pertenecía a un mismo rugido.

Mientras tanto, la fauna local hacía su propio concierto paralelo. Cerca de la barra me encontré con David, de Cool Bar, y Ariel Aguilera. Con David veníamos ya practicando desde hace tiempo esa peligrosa disciplina de tomar Michelob Ultra sin gluten como estrategia de supervivencia hepática y, sobre todo, como trampa psicológica. Uno pues cree gua´u que así está siendo más responsable con la bebida. Bolapa. Cuando empezó Tygers ya habíamos pasado la docena, y el otro tema de fondo era que ese lunes ya estábamos en el quinto día consecutivo de beber. El día anterior en Luque, en el NOSFEST homenaje al querido Ferky, ya habíamos bebido como si el lunes fuera un rumor difuso y lejano.
Encontré a casi todo el staff de Lata Pararã. Teti me vio y apareció con su Pilsen como Lucifer con credencial de barra libre. Me ofreció un sorbo grande, casi bautismal, y yo caí sin resistencia. Ahí entendí que estaba mezclando todo otra vez y un lunes, para peor. Pero hay malas costumbres que se adquieren cuando uno se sumerge en las entrañas de una noche insondable. Dani, mi colega investigador, intentaba validar hipótesis en condiciones metodológicamente impresentables, mientras sacaba fotos y videos sentado en la barra. José Calderón estaba en un costado sorbiendo parsimoniosamente su Pilsen, como si evaluara el derrumbe moral de Occidente desde una esquina privilegiada.
El local estuvo de diez. Buena atención en la barra, cerveza a temperatura correcta y música precisa en los intermedios, con Lilo manejando los hilos como DJ.
También corresponde decirlo antes de que la resaca borre los nombres del pizarrón moral de la madrugada. Una noche así no aparece por generación espontánea ni por invocación satánica entre humo y distorsión. Detrás estuvo la productora A Headbanger Journey, moviendo las piezas para que una leyenda británica de la NWOBHM, una banda mexicana y parte importante del metal paraguayo compartieran escenario en Asunción. Traer a Tygers of Pan Tang un lunes y hacer que Absoluto rugiera de esa manera merece reconocimiento.

Por ahí se me apareció de repente, como de entre una espesa niebla londinense, la figura de Francis, de Power Drive. Venía con una de esas verdades que no se improvisan en la barra, sino que se juntan con años de calle, vinilos, fanzines, conciertos y conversaciones interminables. Ese arandu ka’aty del metal, ganado a pulso entre bares y escenarios, aparecía en cada frase con la seguridad de quien habla desde la experiencia.
Francis me habló de un posible cuatrinomio británico formado por Iron Maiden, Saxon, Def Leppard y Tygers of Pan Tang. La idea tiene fuerza. Tygers no llegó a la maquinaria industrial de los otros, pero tal vez por eso conserva una nobleza distinta, una fidelidad más áspera, más de culto. Y cuando una banda de culto toca así, con precisión, alegría y hambre escénica, uno entiende que la historia del metal no se mide solo en estadios ni en ventas.
Después del concierto vinieron las fotos de rigor con algunos músicos, y luego la evaluación reglamentaria en la barra. Hablamos de Tygers, de la NWOBHM, de las bandas nacionales, de arte, filosofía, Dalí, Picasso, Toulouse-Lautrec, el alma, la moral y la ética. Temas que, por alguna razón, aparecen cuando la noche ya no tiene bordes precisos, el tiempo no tiene horizonte visible y la cerveza va y viene como un torrente sin aduana.

A eso de las 4:30, antes de perder completamente la señal, se acercaron unos personajes con tono mexicano. Eran los músicos de Riding, recién iniciando su propia noche de “peda”. Se escuchó un “qué onda, carnal”. Pero en algún rincón de mi inconsciente apareció una alarma guaraní. “Cheko’ẽmbáta ko’ápe”. Y mi intención, al menos la parte que todavía podía formular intenciones, era amanecer en mi rancho de Luque y no en las profundidades de la noche asuncena. Me despedí con un ademán apenas inteligible, subí a un Bolt y me perdí en los brazos de Morfeo hasta que el chofer me despertó con un seco y misericordioso “ya llegamos”.
Al amanecer, y después de rebobinar mentalmente el casete con treinta litros de tereré pantano y yerón intravenoso circulando por el sistema, volvió la escena final. El escenario todavía caliente, el público eufórico, la banda exhausta por haberlo dejado todo y esa alegría difícil de explicar de quien sabe que acaba de formar parte de algo poderoso.
Tygers of Pan Tang no vino a Paraguay a vivir de la nostalgia ni a cobrar intereses por una gloria antigua. Vino a demostrar que el heavy metal clásico todavía puede sonar vivo, preciso, elegante, feroz y profundamente humano. En un lunes que parecía condenado a la rutina, ante un público que respondió con garganta, cuello y corazón, la banda dio una lección de oficio, entrega y camaradería.
No fue solo un concierto. Fue una prueba de supervivencia sonora, la sudorosa evidencia de que algunas viejas fieras todavía pueden morderle la yugular a un lunes y salir caminando como si nada, con las garras limpias, el amplificador humeando y la noche rendida a sus pies.

