Dream Theater llevó demasiados músicos al puerto
(Apuntes desordenados sobre metal progresivo frente al río Paraguay)
Por: Geté
I. Fiebre antes del ruido
La tos venía con eco.
No era una tos cualquiera. Era de esas que parecen ensayar dentro del pecho, probando acústica en los pulmones como un sonidista desesperado antes de un festival. Bronquitis. Fiebre leve. Garganta destruida. Un estado físico incompatible con cualquier actividad racional, mucho más con tres horas de Dream Theater frente al río Paraguay.
Pero la racionalidad hacía rato que ya no formaba parte de esta decisión.
El problema era que la vida seguía ocurriendo igual.
Clases que preparar. Trabajos que corregir. Tesis que revisar. Lengua castellana, metodología, proyectos. Explicar estructuras textuales mientras el cuerpo parecía redactado por Kafka después de una guardia médica en Luque.
Y en medio de eso, la vida doméstica. Llevar a Ára y Helena a sus actividades, controlar tareas, resolver pequeños incendios cotidianos, intentar conversar normalmente mientras la fiebre iba y venía como un bajista progresivo cambiando de compás sin avisar.
Sanie había viajado por trabajo y acordamos dejar a las niñas con los abuelos antes del concierto. Yo apenas orbitaba alrededor del sistema intentando no colapsar.
Porque el concierto ya estaba ahí.No como evento sino como presencia real.
Una especie de ruido de fondo constante que aparecía incluso en momentos absurdos. Corrigiendo trabajos prácticos, por ejemplo, mientras un alumno confundía cohesión con coherencia y en mi cabeza sonaba automáticamente “Pull Me Under” como si John Petrucci hubiera decidido musicalizar la decadencia del sistema educativo paraguayo.
Y eso era lo peor. La música ya no me funcionaba como entretenimiento.Nunca lo hizo realmente.
Dream Theater operaba más bien como esas novelas excesivas que uno lee sabiendo que le van a desordenar algo internamente. Algo entre Borges, Roa Bastos y un ataque de ansiedad perfectamente ejecutado sobre una métrica imposible.
Había noches en que ciertas estructuras de la banda me hacían pensar en “Yo, el Supremo”. No por la dictadura, sino por la arquitectura mental, como voces internas discutiendo entre sí, ideas que se bifurcan, frases que parecen pelear por el control del relato. Como si algunas canciones estuvieran escritas por un filósofo paranoico encerrado con metrónomos defectuosos y amplificadores Mesa Boogie.
Y mientras más pensaba en eso, más ridículo resultaba intentar actuar como una persona normal.Porque afuera seguía el mundo cotidiano (clases, reuniones, oficina, mensajes pendientes) pero adentro ya había empezado otra cosa.Una especie de preparación involuntaria.
Como si el cerebro hubiera entrado lentamente en otro estado.
La tos seguía.
El cansancio también.
Pero debajo de todo eso había una ansiedad vieja, acumulada desde finales de los noventa, latiendo como una máquina escondida.
Y yo ya sabía que no había forma razonable de detenerla.
II. La religión “drintiteriana”
Descubrí hace tiempo que hay bandas que uno escucha… y otras que reorganizan la manera en que uno entiende la música, el tiempo y hasta la paciencia humana.
Dream Theater pertenecía claramente al segundo grupo.
El culpable principal fue Richie Vidaurre, que en algún momento entre 1997 y 1998 empezó a evangelizarnos con un VHS gastado del concierto en Tokio de la gira de Images and Words. Richie no recomendaba discos; Richie operaba como miembro de una secta progresiva clandestina. Caía con el cassette debajo del brazo y esa mirada peligrosa de quien sabe que está a punto de arruinarte definitivamente la relación con la música convencional.
Y tenía razón.
Nos juntábamos a mirar ese VHS como si fuera material prohibido. Rebobinábamos partes específicas para intentar entender qué demonios estaba haciendo Mike Portnoy, por qué Petrucci parecía tocar seis guitarras simultáneamente o cómo una canción podía cambiar tantas veces de dirección sin desarmarse por completo.
No había estructuras cómodas. Salvo “Pull Me Under”, claro. Uf… Ese coro, “Pull me under, I’m not afraid”, se quedó alojado en mi cabeza durante casi treinta años como un inquilino ilegal. A veces, cuando menos uno lo espera, aparece solo, sin contexto, en momentos completamente inadecuados. Revisando un artículo, corrigiendo exámenes, comprando pan en la despensa, explicando conectores textuales.
Pero fuera de ese ancla relativamente accesible, lo demás era otra cosa.
Las canciones parecían desmontadas sobre una mesa quirúrgica y vueltas a ensamblar bajo leyes nuevas. Todo estaba al borde del colapso y, sin embargo, funcionaba. Ahí entendí que lo progresivo no era tocar mucho ni tocar rápido sino construir estructuras tan complejas que parecían caos para cualquiera que entrara tarde a la conversación.
Años después aparecióHugo “Halford” Peralta, otro responsable de profundizar el problema.
Hugo era más directo. Menos sacerdote, más traficante.
—Escuchá esto, viejo. Te va a hacer volar la cabeza —dijo.
Y me pasó una copia de “Six Degrees of Inner Turbulence”.
Todavía recuerdo el impacto físico de esos riffs. No sonaban humanos. Sonaban como si alguien hubiera interceptado transmisiones musicales de otra galaxia y decidido ecualizarlas en Paraguay. Me quedé paralizado. No metafóricamente. Literalmente quieto, procesando qué clase de enfermedad mental colectiva había llevado a cinco personas a construir algo así.
En paralelo, también se estaba armando Querubes, nuestro intento bastante optimista de acercarnos a ese universo. Helloween, Maiden, Angra… todo eso estaba ahí, pero Dream Theater había contaminado definitivamente la percepción de lo posible.
Ensayábamos obsesivamente. Discutíamos arreglos que probablemente nadie iba a notar. Intentábamos entender cómo construir canciones que respiraran distinto. Y en esas sesiones eternas también estaba Beto Barrios, entonces baterista de Querubes y hoy integrante de Tierra Adentro, sobreviviendo junto a nosotros aquellas maratones del VHS de Tokio como si fueran estudios teológicos.
Con el tiempo entendí que en Paraguay siempre existió una pequeña conspiración progresiva funcionando bajo la superficie. Si acaso el heavy metal en Paraguay, y creo que en toda América Latina, es underground, creo que el rock y el metal progresivo está más abajo que ese submundo.
Pensé mucho en eso durante el concierto.
En cómo esa necesidad extraña de complejidad ya aparecía décadas atrás en Pro Rock Ensamble y su disco Música para los perros, intentando hacer jazz rock sofisticado en un país que todavía estaba tratando de decidir qué hacer con las guitarras eléctricas. Pensé en esa línea invisible que conecta a esos pioneros con los VHS pirateados de Dream Theater, con bandas under ensayando frente a ventiladores moribundos, y con proyectos actuales como Nemesiz, donde Martín Fretes y Omar Valdez siguen sosteniendo la noble y completamente irracional idea de hacer metal progresivo en Paraguay.
Porque se necesita una fe bastante particular para insistir con eso.
Y quizá por eso el concierto no se sentía como una visita internacional más.
Se sentía como el punto de encuentro de una enfermedad compartida desde hace décadas.
III. Ceremonias mínimas
El día del concierto transcurrió con esa falsa normalidad que tienen las jornadas importantes. Afuera todo seguía funcionando igual (tránsito, calor, mensajes, horarios…) pero internamente ya había otra cosa avanzando, una especie de electricidad silenciosa que hacía imposible concentrarse del todo en actividades humanas básicas.
Llevé a las chicas al Centro Paraguayo Japonés y aproveché para cruzar hasta la barbería de Sergio “Checho” Agüero, ahí sobre Domingo Portillo.
La barbería de Checho funciona técnicamente como barbería, pero en la práctica es más bien un centro de investigación informal sobre música, fútbol, conspiraciones zoológicas y decadencia cultural contemporánea.
Entré.
Checho levantó la vista apenas.
—Hoy es el día, papaaa —dijo.
Asentí como quien confirma una operación quirúrgica delicada.
Me senté igual, aunque hace años que ya no tengo suficiente pelo como para justificar mis visitas frecuentes. Pero uno no va ahí por estética. Va por conversación. O por algo parecido.
Ese día, por ejemplo, estuvimos discutiendo durante varios minutos la existencia de las termitas escarlata del Chaco boreal, las hormigas espectrales del Pantanal profundo y unos escarabajos negros de una selva atlántica relicta que probablemente solo existen bajo determinados niveles de inspiración botánica no reconocidos oficialmente por la ciencia occidental.
Todo dicho con absoluta seriedad.
Y honestamente, en ciertos momentos, las teorías de Checho sobre insectos parecían bastante más coherentes que algunas reformas educativas recientes.
Cada tanto la conversación volvía al rock. A Querubes. Al campeonato del 53 del Sportivo Luqueño, tema que en Luque opera prácticamente como texto sagrado. Después otra vez a los insectos. Después a Dream Theater.
Ahí sí aparecía un pequeño silencio.
Porque había cosas que no necesitaban demasiada explicación.
—Man, vamos a ir temprano hina para hacer la previa —dijo Checho mientras acomodaba una máquina de cortar pelo que jamás terminó usando conmigo—. Hay que llegar bien.
Lo dijo acompañado de un guiño.
Ese pequeño gesto conspirativo que automáticamente me hizo pensar que él ya estaba psicológicamente instalado en el concierto desde hacía semanas. Posiblemente meses.
Me despedí. Recogí a las niñas del CPJ, las llevé a la casa de los abuelos y fui a casa a darme una ducha y volver.
La tos seguía ahí, aunque menos agresiva. Como si el cuerpo también hubiera entendido que ya no tenía sentido oponerse demasiado.
Abrí el ropero.
La remera negra con el “Majesty Symbol” apareció doblada como una reliquia menor del progresivo mundial. Ese símbolo siempre me produjo algo curioso, porque parece diseñado por alguien que leyó demasiada filosofía medieval y después decidió fundar una banda de metal.
Me la puse.
Y automáticamente sentí que el proceso ya estaba oficialmente activado.
A las 19:15 pasé por lo de Checho y pedimos un Bolt. El chofer nos miró por el retrovisor con esa mezcla de resignación y sospecha que suelen generar dos tipos vestidos de negro un martes por la noche.
Durante el trayecto casi no hablamos.
Asunción iba pasando por la ventana mientras empezaban a aparecer pequeños grupos con remeras de bandas, como señales de tránsito progresivas distribuidas por la ciudad.
Paramos en una estación de servicio.
Checho volvió con cervezas.
—Tomá —dijo.
Me negué.
—Estoy nio todavía medio fundido de la garganta.
No insistió. Al menos no verbalmente.
Minutos después, ya de vuelta en movimiento, me dejó la birra sobre las piernas.
—Tomá sique, boludo.
La frase tenía la contundencia filosófica de un aforismo estoico.
La abrí más adelante, caminando ya hacia la entrada del puerto, cuando sentí que el cuerpo estaba suficientemente caliente como para negociar una tregua temporal con la bronquitis.
Primer trago.
Y ahí entendí algo importante.
Ya no había retorno posible.
IV. La previa en el puerto
El Puerto de Asunción tenía esa noche un aire extraño, como si el río hubiera decidido participar también del concierto.
La brisa refrescaba lo justo. Nada dramático, pero suficiente para cortar un poco el calor acumulado del día y darle al ambiente una textura distinta. Caminábamos hacia la entrada entre grupos de gente vestidos de negro mientras el olor a comida callejera dominaba completamente el paisaje.
Y qué olor.
Lomitos, hamburguesas, panchos, carne chisporroteando sobre planchas agotadas por años de servicio público. El humo se mezclaba con el aire húmedo del río y producía una atmósfera bastante particular, algo entre festival internacional de metal progresivo y feria patronal gastronómica del bajo Asunción.
La gente ya estaba entrando en estado de concierto.
No completamente adentro todavía, pero tampoco afuera. Esa zona mental intermedia donde las conversaciones se vuelven más rápidas, las cervezas aparecen con mayor frecuencia y cualquier discusión sobre bandas termina adquiriendo tono filosófico.
Escuché pasar fragmentos de debates absurdamente específicos.
—No, pero la mejor etapa de Marillion era con Fish…
—Rush inventó todo esto…
—El problema del progresivo moderno es que nadie entiende el silencio…
Parecía un congreso internacional de personas incapaces de escuchar música normalmente.
Checho observaba los puestos como un explorador antropológico.
Había cerveza por todos lados. Algunas claramente experimentales. Otras probablemente ilegales en varios continentes. Por un momento pensé que íbamos a quedarnos ahí directamente, absorbidos por la previa.
Pero apareció la ansiedad.
Ese miedo irracional a perder aunque sea treinta segundos del inicio.
—Vamos a entrar —dije.
Asintió.
Seguimos caminando mientras el olor a comida seguía persiguiéndonos hasta el control de acceso. Ahí el paisaje cambió.
Afuera era caos funcional.
Adentro ya había estructura.
Puestos más organizados, iluminación más calculada, marcas visibles, filas intentando parecer civilizadas. Ahí aparecía un toldito de Sacramento como una especie de oasis artesanal dentro del predio, rodeado de gente intentando cargar combustible antes del inicio.
Checho miró hacia ahí con evidente conflicto interno.
Yo también lo pensé.Pero el cálculo era sencillo. Ir y volver significaba arriesgar canciones. Y esa noche las canciones valían más que cualquier cerveza artesanal del hemisferio sur.
Seguimos avanzando.
La multitud empezaba a compactarse frente al escenario todavía cubierto. Técnicos moviéndose de un lado a otro. Luces calibrándose. Ese lenguaje silencioso del backstage que indica que todo está por empezar.
Y entonces ocurrió algo completamente previsible.
Checho desapareció.
—Voy a ver qué consigo —dijo señalando hacia el toldito de Sacramento.
Asentí.
Error táctico.
En menos de diez segundos se había disuelto entre la gente como una entidad mitológica luqueña absorbida por el progresivo universal.
Me quedé solo.
Y curiosamente, funcionaba.
Porque había algo profundamente individual en todo esto. Uno podía cruzarse con amigos, músicos, conocidos, pero al final el vínculo con esa música terminaba ocurriendo en un espacio interno bastante difícil de compartir completamente.
Avancé hasta cerca de la cabina de sonido.
Buen lugar.
Desde ahí se veía todo, el escenario, las pantallas, los movimientos finales de los técnicos y esa masa de gente que lentamente dejaba de comportarse como público normal para transformarse en otra cosa.
Respiré hondo.
La tos volvió un instante, apenas para recordar que seguía existiendo.
Después miré alrededor.
Un tipo con remera vieja de Images and Words. Otro con una de Rush. Más allá alguien discutiendo sobre ELP como si estuviera defendiendo una tesis doctoral.
En medio de todo eso pensé algo bastante simple. Probablemente esta era la mayor concentración de personas capaces de disfrutar un solo de teclado de nueve minutos en varios kilómetros a la redonda.
La idea me hizo feliz de una manera completamente irracional.
Después las luces empezaron a bajar.
Y ahí terminó definitivamente el mundo exterior.
V. Precisión quirúrgica
A las 21:00 exactas las luces cayeron.
Ni un minuto después.
Eso, en Paraguay, ya era una experiencia progresiva en sí misma.
El murmullo colectivo se apagó y el puerto entero pareció entrar en suspensión. Por un segundo quedó solamente ese ruido eléctrico previo a los grandes conciertos, una mezcla de ansiedad, cerveza y respiraciones sincronizadas.
Después apareció el primer pulso de “Metropolis”.
No hizo falta reconocer la canción racionalmente porque el cuerpo la identificó antes. Como cuando uno vuelve a una casa antigua y todavía recuerda dónde estaban los muebles aunque ya no existan.
Y ahí ocurrió algo importante.
Sentí una necesidad completamente irracional de beber.
No como antojo sino como mecanismo de supervivencia. Giré la cabeza justo cuando un vendedor atravesaba la multitud con una bandeja cargada de Bud 66.
—¡Cinco! —le dije automáticamente.
El tipo me miró con respeto profesional.
Dos latas fueron al bolsillo derecho de la campera. Dos al izquierdo. La quinta la abrí inmediatamente.
Primer trago.
Frío. Ligero. Perfectamente funcional.
Y ahí sí terminó de arrancar todo.
“Overture 1928” cayó encima del puerto como una maquinaria gigantesca ensamblándose en tiempo real. Las capas empezaban a abrirse, a superponerse, a desplazarse unas sobre otras con una precisión tan absurda que por momentos parecía directamente antinatural.
No había margen para distracciones.
Dream Theater exige atención completa. Es imposible escuchar eso de manera pasiva. La banda no te deja. Cada canción parece diseñada por ingenieros con problemas emocionales severos y formación clásica avanzada.
Después vino “Strange Déjà Vu”.
Y el título resultó peligrosamente exacto.
Porque eso era precisamente lo que estaba pasando, una especie de déjà vu expandido, donde el presente empezaba a mezclarse con todos los recuerdos acumulados alrededor de esa música. Los VHS gastados. Los ensayos de Querubes. Las discusiones eternas sobre cambios de compás. Las noches intentando entender cómo Mike Portnoy podía tocar así sin que el cuerpo humano colapsara.
Tomé otro trago.
La bronquitis ya no estaba al mando.
Entonces apareció Petrucci.
Y honestamente, verlo tocar en Paraguay produjo un fenómeno mental bastante extraño. Como el Aleph de Borges, su guitarra empezó a convocar simultáneamente a todos los grandes guitarristas posibles dentro de una sola imagen. Ahí estaban Agustín Barrios desmontando las limitaciones humanas con una mano imposible, Juan Cancio Barreto convirtiendo el requinto en una máquina de precisión sobrenatural, Berta Rojas haciendo respirar cada nota con elegancia quirúrgica, y hasta Kamba’i Echeverría haciendo ladrar perros y cacarear gallinas desde alguna dimensión folklórica donde la guitarra directamente dejó de obedecer las leyes normales.
Todo eso apareció junto.
Dentro de un solo riff.
Y después entró “The Mirror”.
Más pesado. Más directo. Pero incluso ahí, donde aparentemente el terreno era más simple, Dream Theater seguía desplazando la lógica normal del metal. Los acentos caían en lugares incómodos. Los cortes parecían discutir entre sí. Era como leer Yo, el Supremo musicalizado: estructuras internas peleando constantemente por el control del relato.
Tomé otro trago.
La multitud estaba completamente absorbida.
No había celulares levantados permanentemente. No había conversaciones inútiles. Había atención. Concentración casi física. Como si todos estuvieran intentando seguir el razonamiento interno de la banda para no quedarse atrás.
Entonces llegó “Panic Attack”.
Y el puerto explotó.
El nombre era demasiado preciso para lo que provocaba esa canción, porque daba ansiedad y sentías una presión inentendible. Sentí el pecho vibrar entero mientras Mike Portnoy convertía la batería en una discusión filosófica sobre el tiempo.
Y ahí pensé inevitablemente en Paraguay.
En Toti Morel y sus métricas imposibles. En Víctor Morel buscando ritmos donde una persona normal solo escucha caos. En Sebas Ramírez y toda esa generación under convencida de que tocar en 11/8 sigue siendo una buena decisión de vida.
Pensé también en Pedro, en Hernán Comas, en Maizal, en Beto sobreviviendo conmigo aquellas sesiones eternas del VHS de Tokio. Y por supuesto pensé en Checho, probablemente viviendo esa noche como un peregrino medieval viendo finalmente aparecer a su santo patrono.
Miré alrededor.
Había demasiada gente prestando atención real a solos larguísimos, cambios de compás innecesarios y estructuras musicales completamente desproporcionadas. Y lo más extraño era que nadie parecía confundido.
Afuera seguían existiendo semáforos rotos, reuniones laborales inútiles y problemas respiratorios serios. Pero adentro del puerto todo eso había dejado de importar temporalmente.
Y en medio de esa multitud se me cruzó una idea bastante incómoda.
Probablemente había demasiados músicos juntos dentro del predio y nadie parecía interesado en controlar esa “peligrosa” situación.
VI. A la deriva…
Después de “Panic Attack” el concierto entró en otra fase.
Ya no era solamente un recital. Era una especie de reorganización colectiva del sistema nervioso.
La cerveza empezó a circular con ritmo propio. Entre tema y tema aparecía automáticamente en la mano, como si el cuerpo hubiera desarrollado una técnica autónoma de abastecimiento alcohólico para sobrevivir a las métricas irregulares.
La garganta dolía menos. La fiebre parecía haberse retirado tácticamente. El cuerpo entero había aceptado que esa noche existían prioridades más importantes que la medicina tradicional.
Entonces empezaron a aparecer las caras.
Primero una.
Después otra.
Saludos rápidos, breves, casi telegráficos. Nadie quería perder tiempo hablando demasiado porque Dream Theater no da tregua (uno pestañea y ya cambiaron tres veces de tonalidad, dos de compás y probablemente modificaron la estructura emocional del hemisferio occidental).
Vi remeras de Marillion, de Kansas, Boston, Gentle Giant, Mr. Bungle, Meshuggah… En cualquier otro contexto, una concentración así de personas capaces de discutir seriamente sobre esas bandas habría requerido supervisión psiquiátrica especializada.
Pero ahí era completamente normal.
Y en medio de esa deriva reapareció Checho.
No vi de dónde salió. Simplemente volvió a materializarse cerca de la cabina de sonido con otra cerveza en la mano y expresión de felicidad espiritual avanzada.
A su lado estaba Pablo, bajista de Querubes.
Nos saludamos rápido, sin demasiadas palabras.Porque hay conciertos donde hablar resulta casi ofensivo.
Más atrás aparecieron también Pedro y Edgar.
Y ahí el panorama adquirió otra dimensión.
Pedro, baterista de Dr. Rock, hoy retirado de la urología pero no del rock progresivo, observaba el escenario con la concentración exacta de un cirujano viendo una operación particularmente compleja. La cabeza ligeramente inclinada, siguiendo cada acento de Mike Portnoy como si estuviera verificando una sutura delicada dentro de un paciente rítmico críticamente inestable.
No era solamente disfrute.
Era diagnóstico.
Edgar, odontólogo y bajista de Dr. Rock, mantenía otra clase de atención. Más silenciosa. Más estructural. Seguía las líneas internas de la música como quien entiende que las verdaderas bases de cualquier sistema no son las que más se ven.
Nos quedamos cerca un rato.
No juntos del todo, porque más bien estuvimos orbitando dentro del mismo campo gravitacional sonoro. Pensé fugazmente que la música no necesariamente se comparte hablando sobre ella. A veces alcanza simplemente con respirar dentro de la misma estructura.
Eso me dio sed.
Tomé otro trago.
Miré hacia el escenario justo cuando Jordan Rudess empezaba a hacer cosas completamente ilegales sobre el teclado.
Y automáticamente pensé en todos los tecladistas under paraguayos condenados históricamente a transportar instrumentos monstruosos por escaleras imposibles, colectivos hostiles y escenarios sin retorno económico alguno.
Pensé especialmente en Christian Kettembeil, ex Querubes y actual tecladista de Dr. Rock, probablemente absorbido en primera fila viendo a Rudess manipular teclados como si estuviera intentando reprogramar el clima del planeta.
Ahí entendí otra cosa importante, y era que detrás de cada músico paraguayo obsesionado con el progresivo existe inevitablemente una cuota importante de sacrificio logístico, psicológico y económico que ninguna persona equilibrada aceptaría voluntariamente.
Y sin embargo seguimos apareciendo.
Años después.
Más cansados.
Más viejos.
Pero todavía ahí.
Escuchando estructuras imposibles frente al río Paraguay como si eso tuviera sentido práctico dentro del capitalismo contemporáneo.
Y quizás justamente por eso tenía sentido.
VII. Fracturas del tiempo
En algún momento el concierto dejó de avanzar normalmente.
Las canciones seguían un orden, claro, pero el tiempo ya funcionaba raro. Cada tema abría recuerdos distintos, como si Dream Theater hubiera encontrado la manera de convertir nostalgia en ruido perfectamente organizado.
“The Enemy Inside” empujó todo hacia adelante con esa tensión constante que la banda maneja mejor que nadie. Riffs enormes, cambios exactos y esa sensación permanente de que todo está a punto de romperse sin terminar de caer nunca.
Después apareció “Peruvian Skies”.Y ahí cambió el aire.
De golpe volvieron los ensayos, los amplificadores prestados y las tardes enteras discutiendo discos imposibles mientras afuera Paraguay seguía funcionando normalmente, completamente ajeno a nuestras preocupaciones sobre cambios de compás y canciones de veinte minutos.
Tomé otro trago.
La cerveza ya no tenía gusto. Tenía una función.
“As I Am” entró como una declaración directa dentro de una banda que normalmente prefiere desarmar canciones antes que simplificarlas. Y aun así seguían apareciendo detalles raros, pequeños movimientos internos que impedían relajarse completamente.
Dream Theater nunca deja descansar del todo.Y probablemente ahí está parte del problema.
Después llegó “In the Arms of Morpheus”. El puerto entero empezó a entrar en un estado raro, medio hipnótico. La multitud ya no parecía estar viendo un concierto. Parecía estar adentro de una estructura gigantesca construida con riffs, luces y cerveza.
“Nigth Terror” oscureció todavía más el ambiente. Ahí pensé otra vez en Augusto Roa Bastos y en esas estructuras donde varias voces parecen pelear simultáneamente por el control del relato.
Y en medio de todo eso estaba John Myung.Probablemente el bajista más silenciosamente aterrador que vi en mi vida.
No hacía gestos. No buscaba atención. Simplemente sostenía canciones imposibles con una tranquilidad que daba miedo. Parecía un monje zen especializado en métricas irregulares.
Después vino “A Broken Man”.
Y honestamente, había algo medio roto en todos nosotros esa noche. El cansancio, la edad, los trabajos, el cuerpo resistiendo como podía. Y aun así ahí seguíamos, perfectamente dispuestos a soportar tres horas de metal progresivo como si eso fuera médicamente aceptable.
“Midnight Messiah” volvió a levantar todo otra vez. Más épica, más velocidad, más capas.
Entonces apareció James LaBrie.Y terminé admirándolo por razones completamente distintas a las de los noventa. LaBrie ya no intentaba pelear contra el tiempo. Negociaba con él. Y eso era mucho más humano.
Cantaba con la dignidad de alguien que entendió hace años que ningún ser humano debería competir eternamente contra una versión grabada de sí mismo en 1992.
Después llegó “Bend the Clock”.Y ahí el tiempo terminó de romperse del todo.
Porque eso hacía Dream Theater, doblar el tiempo, estirarlo, volverlo raro. Diez minutos podían durar treinta segundos o media vida.
Pensé también en Rolando Chaparro y en esa obsesión paraguaya por llevar la música hacia lugares incómodos aunque no exista infraestructura, dinero ni salud mental suficiente para sostener esas decisiones.
Después apareció “The Shadow Man Incident”.Larga. Excesiva. Completamente desproporcionada pero poderosa. Porque Dream Theater entendía algo que gran parte del mundo moderno olvidó hace tiempo, y es que no todo tiene que simplificarse para justificar su existencia.
Entonces empezó “A Change of Seasons”.
Y todo encontró como un eje.
La canción parecía contener el concierto entero adentro. El paso del tiempo, los cambios, las pérdidas y esa persistencia absurda de ciertas pasiones que sobreviven incluso cuando el cuerpo ya empieza a protestar seriamente.
Me quedé quieto.Sin tomar.Solo escuchando.
Y ahí entendí (ya no sé cuántas cosas entendí esa noche) que uno no escucha Dream Theater para relajarse sino para recordar que todavía existen personas obsesionadas con hacer las cosas de la manera más complicada posible..
Y aun dentro del universo más intrincado e inexpugnable de la complejidad, quienes eligen habitar esas músicas, esas estructuras y esas obsesiones, creo que son personas bastante simples y básicas en su cotidianeidad, seres que viven una vida muy enriquecida internamente.
Porque si todavía somos capaces de maravillarnos frente a algo tan complejo, entonces también conservamos intacta la capacidad de emocionarnos con las cosas más pequeñas y sencillas de la vida.
VIII. Pull Me Under
Después de “A Change of Seasons” parecía difícil agregar algo más. La canción había dejado al puerto entero en una especie de suspensión emocional bastante complicada de explicar sin parecer miembro activo de una secta progresiva.
La banda salió unos minutos, pero nadie se movió realmente. Todos sabíamos que todavía faltaba el cierre.
Entonces volvieron.Y empezó “The Spirit Carries On”.
El clima cambió inmediatamente. Después de tanta complejidad, tanta velocidad y tanta arquitectura sonora, la canción apareció casi desnuda emocionalmente. Ya no había necesidad de demostrar virtuosismo ni de romper estructuras; el golpe venía por otro lado.
Miré alrededor.
Había gente cantando con los ojos cerrados. Otros simplemente permanecían quietos, procesando el concierto como podían. Incluso los más endurecidos por décadas de metal parecían haber bajado las defensas un momento.
Tomé el último trago de cerveza que me quedaba, más por ceremonia que por sed.
Y entonces llegó “Pull Me Under”.
El círculo completo.
Treinta años después, ese coro seguía funcionando exactamente igual dentro de mi cabeza:
“Pull me under, I’m not afraid…”
Lo canté sin exagerar demasiado, pero con esa claridad incómoda que producen ciertas cosas que llevan demasiado tiempo acompañándote. Y ahí entendí definitivamente que algunas músicas nunca envejecen porque están presentes siempre, siguen moviéndose adentro de uno mucho después de haberlas escuchado por primera vez.
“Sumérgeme, Sumérgeme, Sumérgeme, no tengo miedo”, repetía James LaBrie, y en realidad ya no hacía falta insistir demasiado. Todos nos habíamos sumergido hace años. En aquel VHS gastado de Images and Words. En las madrugadas rebobinando solos imposibles. En la obsesión medio ridícula por descubrir músicas nuevas, estructuras desconocidas y canciones que parecían demasiado complejas para funcionar dentro de una vida normal.
Nos habíamos sumergido en ensayos interminables, en discusiones absurdamente específicas sobre compases irregulares, en bares vacíos, en guitarras desafinadas por el calor paraguayo y en esa necesidad bastante inexplicable de buscar siempre algo más complicado, más raro, más grande.
Y quizás por eso el coro seguía pegando tan fuerte después de tantos años.
Porque ya no hablaba solamente de una canción.
Hablaba de todo lo demás.
Y entonces el tema terminó.
Sin excesos.
Sin grandes despedidas teatrales.
Simplemente terminó.
Por un segundo nadie reaccionó. Después volvió lentamente el mundo, la gente hablando, buscando salidas, reencontrándose, comentando fragmentos del setlist como si acabaran de sobrevivir juntos a un fenómeno climático técnicamente inexplicable.
Salí del predio con Pedro y Edgar. Caminamos entre la multitud todavía excitada, descendiendo lentamente desde ese estado mental donde los cambios de compás parecen completamente razonables.
En el camino nos cruzamos con José Russo, que había colaborado con Dr. Rock en aquel tributo a Pink Floyd. Lo saludamos rápido, todavía todos medio aturdidos por el concierto, como sobrevivientes de una experiencia demasiado larga para resumirla caminando entre puestos vacíos y vasos aplastados.
Seguimos hasta Colón y pedimos un Bolt.
Asunción ya había recuperado su normalidad habitual. Las luces dispersas, tránsito reducido, algunos grupos todavía comentando el concierto en las esquinas. El puerto quedaba atrás lentamente mientras la adrenalina empezaba a bajar y el cuerpo recordaba otra vez sus limitaciones originales.
Pasamos primero por la casa de Pedro.Nos despedimos ahí, con esa clase de cansancio satisfecho que aparece después de experiencias realmente intensas. Después el Bolt continuó hacia Luque.
Y ahí volvió la tos con todo.
Como si hubiera estado esperando pacientemente el final del concierto para recuperar el control del organismo. El pecho empezó otra vez con esa percusión bronquial desagradable que ninguna batería progresiva logra volver elegante.
Me apoyé contra el asiento.
Afuera la ciudad seguía avanzando normalmente, completamente indiferente al hecho de que Dream Theater acababa de tocar frente al río Paraguay mientras decenas de músicos paraguayos intentaban reorganizar internamente décadas de obsesiones progresivas.
Llegué a casa agotado.
Revisé el celular.
—¿Qué tal tu concierto? —había escrito Sanie.
Y ese “tu” me causó gracia. Sonaba a algo completamente personal, casi clandestino. Como si Dream Theater no fuera una banda sino una pequeña sociedad secreta de tipos cansados que todavía discuten cambios de compás, compran remeras negras innecesarias y creen sinceramente que un solo de teclado de nueve minutos puede justificar una noche entera frente al río Paraguay.
Me quedé mirando el mensaje unos segundos. Pensé en ella, en las niñas dormidas a esa hora, en lo rápido que pasan ciertas etapas sin que uno termine de darse cuenta. Hace no demasiado tiempo yo rebobinaba VHS de Dream Theater intentando entender cómo podían existir canciones así, y ahora volvía de un concierto pensando en horarios escolares, medicamentos para la tos y actividades de la oficina.
La vida avanza rápido, muy rápido.
Uno cree que las obsesiones cambian, pero en realidad solo aprenden a convivir con otras cosas, con los hijos, el trabajo, el cansancio, responsabilidades y cuerpos que ya no responden igual.
La garganta estaba destruida.
El cuerpo finalmente pasaba factura.
Pero también quedaba esa certeza extraña, difícil de explicar incluso ahora, de que algunas obsesiones nunca fueron una etapa pasajera, sino una forma de mirar el mundo y atravesar la vida.
Final del formulario
PH @jorgevegaph
